28 de Junio del 2012 a las 8:06 PM 

Cuando pintaban las uvas; se acababa de cosechar la mies, y los calores apretaban; jubilosa y tonante llegaba la Feria.
¡¡C
uantas veces habré recordado, desde este forzado y laboral exilio que habito, mis infantiles, adolescentes y casi juveniles ferias!!
F
ueron las primeras -de ahora vago y deslavazado recuerdo- de carruseles, barquitas, fieras inquietantes y caballitos de tiovivo; de polos de hielo tintados de jarabe rojo y goteantes bolas de helado; también de los rubicundos boruños de algodón de azúcar; y los crocantes guirlaches de turrón, así como de otras galguerías, que alguna vieja foto familiar confirma.
Guardo de las segundas -y ya adolescente- una mejor memoria y  un más grato recuerdo… el banal pavoneo con la ropa de domingo recién estrenada; los lustrados zapatos nuevos; las miradas furtivas y cómplices con alguna chica; la pandilla cafre, siempre risueña y embromada; los coches de choque y las otras atracciones, que más vertiginosas y volanderas, te envolvían con el polvo inclemente del Pajero y el agudo griterío, entre espantado y divertido, de las muchachas en flor. 
Confieso que en las últimas –y para mí casi juveniles- ferias que pasé en La Solana, ya se me intuía el latido de la ausencia. A mis diecisiete años la inminente marcha a Madrid para estudiar la carrera, se convirtió en punto de no retorno. Con todo, no me son ajenas las largas noches del Inma Park; las  cenas con los amigos en los chiringuitos del parque; y las conversaciones ocurrentes y  simpáticas con alguna moza de ojos reverentes y chispeantes. 
He vuelto -con contenido entusiasmo- muchos años más tarde, por algún asunto familiar, a mis feriados orígenes y hete aquí, que aunque la canción diga que la vida sigue igual, yo ya no debo de ser yo, porque me encuentro algo extraño y un poco forastero en mi propia tierra. 
Mejor suerte tienen las nítidas imágenes que conservo grabadas en la memoria, como ADN de mi condición de solanero irredento. Os explicaré algunas.
Saben los que me conocen bien, de mi ferviente adicción a las berenjenas de Almagro y por ende a las muy aliñadas y solaneras de nuestras Ferias.  Añoro – desde donde resido- las auténticas, que no tienen parangón alguno con las que encuentro por allí, de borde latería industrial, embrutecidas con toda suerte de conservantes,  y que sólo me sirven de  consuelo menor  en tan señaladas fechas.
Recuerdo bien la hilera de orzas y tinajillas repletas de berenjenas rabilargas y en su mitad hendidas, ensartado su rojo corazón de pimiento asado por el branquillón nudoso del hinojo verde. Gordas, pequeñas, panzudas, “apretás”, menudas, “de bocao” y hasta prepuciales, añado yo. Toda una suerte de farsa berenjenil, nadando en el graso, acídulo, picantón y  empimentonado aliño mojí  -con su ajo y “cominico”- de nuestro más racial y atinado aperitivo. No se me olvidan ni la fogueante luz de los carburos; las largas horquillas de alambrado acero con que hurgaban en la orza; ni las tiñosas servilletas de cuadros rojos y blancos, que amparadas en la párvula luz de la noche, añadían más grasa que quitaban; ni tampoco la protocolaria “postura de besamanos” que impedía  el cuajado de los lamparones y salpicaduras de rigor.
Aunque bastante más ajena a mis gustos, la oferta turronera en las ferias no era, en absoluto, tema menor o asunto baladí. En la costanilla de acceso al parque, los esforzados feriantes, valencianos y aún extremeños, pertrechaban sus paradas y tenderetes con berroqueñas masas de marfileño turrón Alicante o del aceitoso y blando Jijona; las frutas escarchadas y el muy prensado de pan de higo… o los blanquísimos confites, casi, casi de porcelana; las retostadas almendras garapiñadas; los aromáticos anises; peladillas de colores; paletas de caramelo rojo; y toda suerte de galguerías que despertaban tanto su vigilante y avizorada guarda como el picaresco e infantil deseo.
De más discreto porte y menguada industria, resultaban las paradas con las cestas de barquillos que apaisados, de cucurucho o de abanico mostraban sus sabores de vainilla, café, granadina o fresa. No le iban a la zaga en condición e ingenio los polos helados y gaseosas coloreadas de Briones, ni las montañas de patatillas fritas, crujientes, seductora y generosamente aceitadas, y los capiruchos de camarones, quisquillas, gambas cocidas y saladas, de los puestos aledaños a los veladores y mesas del kiosquillo o caseta albarrana al surtidor del parque.
En fin, un somero recuerdo de otro tiempo que yo aún conservo en indicativo presente. Pretendo con este artículo, que tan larga y denunciada ausencia no se me convierta ahora, –como a Marcel Proust- en la obsesiva busca del tiempo perdido.
Como veis, ni mi memoria, que no vacila; ni mi corazón ahora maltrecho y como dice la canción, en su mitad “partío”; dejarán nunca de ser solaneros!!

 

Jesús VELACORACHO.
Junio 2012

Nota: La más precoz referencia de las celebradas berenjenas mojíes, aparece en “la Lozana Andaluza”; disipada, sensual y amable novela tardo-renacentista de Francisco Delicado. Como es lógico, no aparecen en ella ni las guindillas, ni los tomates, pimientos o el pimentón, no incorporados por entonces a la coquinaria hispana. Es éste, por otra parte, plato nacido del genio morisco y aún hebreo de nuestra ancestral y común cultura.

Publicado por: EL RINCON DE JESUS
Última edición: 01 Ago 2012 @ 02:08 PM

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