He vuelto a visitar Madrid. Una convenida y ajetreada reunión familiar junto al vinculante repaso y reto de algunos temas personales, me condujo primero a mi pueblo y de vuelta, a la ahora, -primera decena de junio-, plácida y espléndida, capital.
Un cómodo y fresco recorrido mañanero por el castizo Madrid del Barrio de Las Letras, -mientras hacía intencionado tiempo hasta la salida del AVE- me acercó a los bares, tabernas y lugares, que conocí bastante bien en mi época de estudiante y que también frecuenté, acompañado – ahora nostálgicamente- por mi padre.
Una de las más ilustradas tascas que visitábamos, era el viejo pero esclarecido Gayango, de la céntrica calle Núñez de Arce, en pleno meollo del más sabroso comercio y “bebercio” madrileños. Era este figón, y sin lugar a dudas, el mejor de Madrid en temporada de setas…
No tenía nuestro menguado rosario “tasqueril” demasiadas cuentas, pero eso sí, las que teníamos contadas, eran amén de sustanciosas, de ancestral, lustroso y reconocido porte.
Ocupa el lugar del desaparecido Gayango, y desde ya hace bastantes años, otra tan limpia y no menos ilustrada tasca, que se llama “La Trucha” y es de obligada visita y gozo para neófitos y transeúntes y templo de culto para conocedores e iniciados.
Dirige la corta pero bien surtida barra, un muy curtido y experimentado maestro en estos lances, Antonio Martínez, secundado con oficio por Pablo Ávalos, barra en la que ambos, solícitos y diligentes, atienden impolutos e impecables al cliente…
Este martes pasado, y con menos parroquia de la habitual,-la tragedia de la crisis también se nota-, acudí de nuevo,-aunque esta vez con la salud más quebrantada-, a la semipostrera vieja cita.
Todo su aspecto, aparentemente, seguía igual… Los viejos reclamos de las prometedoras pizarras; las verbenas de canapés y ahumados; los pimientos rojos gloriosamente asados y fritos; las andalusíes berenjenas rebozadas; los boquerones y calamares; las sabias frituras malagueñas de crujientes texturas y atinado punto; el muy ibérico, bizarro y socorrido jamón; la fresca taza de gazpacho; las truchas, que hacen reverente justicia al nombre de la casa y las cabales y cumplidas raciones que son sorpresa de “guiris” y regocijo de avisados.
En el anaquel central de la pared de enfrente y custodiado por sendas cerámicas menores, aparecía atrevido, virginal y rotundo, un soberbio ejemplar de… ¡La ILÍADA!…
Miré con atención sorprendida, el casco troyano-corintio que alumbra la portada del ejemplar y recordé al tiempo que imaginaba, la prolija y heroica aventura que anticipaba el abultado tamaño del libro. Confieso que la curiosidad me pudo y pregunté cortés, ¿Saben ustedes lo que tienen ahí?… La sonrisa entre cómplice y ufana de Antonio Martínez lo delató. Sí lo sabía. Aunque ni remotamente formase parte de sus presumibles lecturas habituales!
El libro es riguroso comentario y obra, esforzada y laboriosa, de su hijo, un brillante y cumplido universitario de humanidades, de la generación que partiendo del sacrificio y apoyo familiares, accedimos/accedieron a niveles de formación nunca antes alcanzados por las clases desfavorecidas o menestrales.
El joven, un Cum Laude, esforzado y cabal, no sabe que su padre, con comedido orgullo, pondera sobremanera la ingente documentación necesaria para colmatar tan presumiblemente terca como exigente edición.
Estoy convencido que Antonio Martínez padre, sueña para la evidente brillantez y dones de su hijo, mejores ocupaciones, y aún más acordes con sus presumibles cargos y notables cotas. El mío,-caso parecido- aspiraba para mí, el rutilante rango de ministro!. Nunca supo, pobre de él, que superé hace mucho el nivel de ingenio exigible en el “aspirantazgo” que en España se requiere para ese cargo. Lo mismo que el joven Martínez, que podría aspirar ahora y con decoro al de presidente del país, aunque no son precisamente, esfuerzo, brillantez e ingenio, prendas necesarias para alcanzar y medrar en tan alta magistratura.
Seguramente no sabe el joven y docto Martínez, que el que sí ha alcanzado el grave y dilecto nivel de maestro Honoris Causa, es su señor padre, que detectó -agudo y rápido- que un infartado reciente no puede comer aceitunas saladas y cambió como por ensalmo, la amenazadora tapa, por otra menos insidiosa para mi salud. Tampoco sabrá el “viejo” Martínez, como mi padre, que ministro viene del latín, y está referido a menos y que por el contrario es maestro lo que se refiere a más… ¡Vaya mi más calurosa felicitación para los dos maestros Martínez!…¡¡El grande y el chico!!
Jesús VELACORACHO. JUNIO 2011
Nota: Conozco otro local hermano del aquí reflejado, bautizado con idéntico nombre, lindero a la Plaza Santa Ana.
Si me encuentro allí, audaz y desventurado, el “Ulysses”, de James Joyce, pensaré que algo mereció la pena y creeré en los milagros.