Tenemos, los laminitanos, una sólida, cumplida y cabal cocina madre. Es la nuestra, una de esas apañadas y ancestrales cocinas, que van desde el recio condumio al humilde y frugal “caldillo” de subsistencia y que depende cómo, engañan o amedrentan el hambre, mientras entonan y tonifican siempre, cuerpo y espíritu.
Uno de los platos más singulares de nuestro, por otra parte, atávico recetario, son los rotundos e invernales gazpachos galianos. Nada tienen éstos en común con sus casi homónimos andaluces, que son, una veraniega sopa fría de heteróclita composición, de personal y vinagrero, tiento y tino.
Nuestros rituales y montaraces galianos, tienen el porte villanote y sano de la carnal pitanza pastoril, con remoto origen cetrero; redimido ahora con el atinado escopetazo del cazador. Nunca fue vianda de gañanía, pero sí de buscadas juntas en las quinterías sitas en cordeles y veredas; que de común reunían al anochecer las cansadas yuntas y amparada grey.
Se compone nuestro sucinto platonazo, de carnes de caza, deshuesadas y largamente sofritas en dorado y glorioso aceite oretano…Liebre, conejo, perdiz y paloma torcaz o palomino,-¡nunca pichón, que es ave de doméstica crianza!-; algún que otro tomate menudamente picado y por añadidura, hojas de laurel modorro, con el afeite además, de la sufrida “perdiz de pobre”, que es como mi abuelo paterno llamaba a las cabezas de ajos.
Cuando el sofrito alcanza su punto de sazón, se cubre éste con abundante agua y se sala a discreción. El gozoso borboteo de la sartén, debe conseguir con la evaporación, la melosa mezcolanza del caldo y sus jugos, con el colágeno de las tiernas carnes pero sin su pertinaz desfibrado ni morbidez.
Llegado este punto, los albacetenses, desmochan y mezclan sus tortas de pan ácimo en el magro y suculento mejunje. Nosotros, los laminitanos, usamos los trozos de las tortas de pan cenceño a guisa de portasopas, como se hace con las más villanas y humildes gachas.
He sabido por gentes veteranas y adustas, que recalentar las tortas cenceñas con el fuego de la “silre” del ganado, generaba un “mejorante” añadido sápido al condumio. ¡Y supongo que también “aromático”!, aunque aviso, que la cata y el conocimiento de tal gnosis comporta un cierto riesgo de aporte, además de tribal, sirlero y escatológico.
Ni que decir tiene, que el atemperado vino de aloque que acompañaba la pitanza, ya fuera en grosero zaque o de manoseada bota, era de comunal reparto, pero siempre generoso y equitativo. Motivo éste, harto satisfactorio en las tan recurrentes como esperadas rondas.
He tomado los galianos de corte albacetense, en la Fonda Santiago, en El Bonillo, en las muy romanas tierras de Libisosa –actual Lezuza- y los más laminitanos -y alhambreños- en Los Palacios, “mutatio” romana de la Vía Augusta que dispuso en remotos tiempos, -más viajados y peores-, de la peana dedicada “Al genio Laminitano…” que ahora “decora” la jamba de una portada en Fuenllana…

Salaria, -Montizón-; Mariana, -Puebla del Príncipe-; Laminium, -Alhambra-; Mentesa, -Villanueva de la Fuente; Libisosa, -Lezuza-; fueron notables “mansios”, poblados y municipios Flavios, en nuestra tierra, de obligado paso para cruzar Hispania.
Un adolescente de hace casi 2000 años; empecinado cazador y futuro y talentoso emperador, Adriano, transitó desde su Itálica natal y rumbo a Roma, por la irredenta Oretania, entonces ya manso y crucial paso, para poder circular por aquel vasto Imperio.
Desconozco si nuestro jovenzuelo aspirante a emperador, apreció por nuestros pagos el tremendo condumio que aquí nos ocupa.
Nada sé de su paso y estancia, excepto en Almedina, donde sí tuvo epigrafía y su nombre, monumento –perdido ya- de notable resonancia…Confirmo, por el contrario, su comportamiento lacónico y frugalidad casi espartana; su contemporizador, medroso y escaso ardor guerrero; su equívoca y disipada condición sexual y su afición permanente a un plato llamado pentafarmakón, que curiosamente es la versión romana, doméstica e ilustrada, de nuestros desde ahora, patricios, cesáreos y augustos galianos.
Añado de paso, al vasto curriculum del 2º emperador de origen hispánico, la respetuosa relación que mantuvo con Lucio Licinio Sura, senador y prohombre del imperio, patricio de la tarraconense, y virtual dueño del Ager Laminitano, tanto como decir, de todo el Campo de Montiel.
La belga Marguerite Yourcenar, en sus espléndidas “Memorias de Adriano”, repasa en forma de larga carta a Marco Aurelio, sucesor adoptivo de éste, la biografía del sensible y más que notable emperador. Lo apócrifo del histórico entramado, no resta al discurrir del libro, ni un ápice de su enorme mérito o interés… Por mi parte, me conformo con el gratificante conocimiento del asunto, por parte de mis paisanos laminitanos. No pretendo más… Al fin y al cabo, son sólo un leve esbozo de históricos recuerdos. Eso sí, no se trata de los de un sujeto cualquiera, son los: ¡¡Recuerdos de Adriano!!
Jesús VELACORACHO. Abril 2011
Nota: Para los que quisieran hacer la prudente observación post-colombina de los tomates, les remito a mi artículo: A vueltas con el “Pa amb Tomàquet”.
¡No les defraudará!