Cuenta la mitología griega, que el bello Paris, hijo menor de Príamo -rey de Troya-, fue elegido por la diosa Discordia para proclamar a la más bella de las diosas del Olimpo. Le entregó para tal enredo, una manzana dorada que sería el reclamo urdido para reconocer a la diosa seleccionada. Recayó la elección-y la manzana- en la sensual Afrodita, quedando las aspirantes Hera y Atenea, muy enojadas por el resultado que las excluía del rango de beldades deísticas. Ni que decir tiene, que el celoso y femenino enfado acabó mal; desembocando en una espantosa guerra que se llamó de Troya.
Sabemos por la modernista historia arquitectónica de Barcelona, que en los albores del pasado siglo XX, los edificios del recién estrenado Paseo de Gracia, se convirtieron en escaparates del gusto, la riqueza y ostentación de la burguesía catalana. Todos los patricios capitalinos procuraban disponer de su propio edificio en la arteria más ancha, aireada e higiénica de la ciudad.
Destacó a tal efecto y sobremanera, la manzana de casas incardinada entre Consejo de Ciento y Aragón, en sentido montaña. Como si una nueva treta de la diosa Discordia se tratara, los más famosos arquitectos del momento recibieron el encargo de remodelar los edificios construidos allí en el último tercio del siglo XIX. Doménech y Montaner en la casa Lleó Morera; Sagnier para la casa Mulleras; Puig y Cadafalch para la casa Amatller; y Gaudí para la casa Batlló. 
Tanta genialidad arquitectónica compitiendo acabó por bautizarse como en tiempos del joven Paris, la “manzana de la discordia”, con provocadores comentarios; sañudos dimes y diretes, o con rifirrafes dialécticos para todos los gustos. El reconocimiento al mérito oficial lo obtuvo la casa Lleó Morera de Doménech y Montaner, que se alzó con el premio del ayuntamiento de 1906, aunque fue Gaudí con sus escamados espinazos de dragón; y sus curvas, retorcidas y fantasmagóricas osamentas, el que causó más rechazo y casi al mismo tiempo, curiosidad y sensación.
Ha servido la casa Batlló -106 años después- de digno y noble marco para la presentación de los vinos del nuevo Penedés. Se trataba -como es lógico-, no de reiniciar la disputa de la “manzana de la discordia” entre ellos, y mucho menos de galvanizar la guerra de Troya; sino por el contrario de aprovechar las sinergias publicitarias y económicas de los elaboradores y firmas que componen la DO.
Sostienen, y no les falta razón, que la proximidad del Penedés a una gran urbe como Barcelona y su poblado entorno metropolitano, tendría que ser –en buena lógica- el mercado natural para los vinos tan magníficamente expuestos en los curvos y gaudinianos aposentos del Paseo de Gracia.
Tratan así, los ahora esperanzados elaboradores, de ofrecer y dar a conocer las novedades autóctonas y las mejoras alcanzadas como vacuna contra los enquistados virus de la “riojitis” perenne, o la pertinaz gripe de “rueditis” y “riberitis” galopantes.
De un tiempo a esta parte y año tras año, los vinos del Penedés mejoran de forma evidente y continuada. Aquellos blancos melifluos, ligeros, saltarines, anémicos y adolescentes, del próximo pasado son historia superada. Bajo el pabellón del Xarel-lo, empiezan a desfilar vocablos antes desconocidos: estructura, nervio, vigor, complejidad y madurez. Síntomas, sin duda, de un esperanzador cambio de ciclo.
No son ajenos los tintos del Penedés a los nuevos vientos. Aunque el avance sea bastante menos evidente que en sus hermanos blancos y rosados. Sin duda, el lastre y la dependencia de los varietales foráneos grava pesadamente su actual personalidad, un tanto anodina, bronca y repetitiva. Con todo, las vendimias y vinificaciones actuales han mejorado de forma muy sustancial, casi, casi irreconocible!
Quedan todavía muchas cosas por hacer para mejorar los vinos tranquilos que nos ocupan. Bajar rendimientos por ha; aumentar la densidad de plantación para generar la competitividad entre cepas; apisonado o leve labrado de las viñas para dificultar el exceso de vigor en las plantas; maduraciones controladas y correctas; disminución de la vegetación para disminuir las pirazinas… Evitar largas colas de tractores esperando descargar remolques de uvas recalentadas y fermentando. En fin, que si además se recuperan los varietales autóctonos casi extinguidos, y se trabaja con afán y hombro con hombro en la promoción de la marca Penedés, en lugar del clásico y devastador “campi qui pugui” y el nefasto “haz la guerra por tu cuenta”, se estarán sentando las bases de las uvas de la concordia… porque manzanas de la discordia ya hemos tenido bastantes!
Jesús VELACORACHO.
Abril 2012

Nota: Aunque caté -esta vez- sólo unos pocos vinos, la impresión general me resultó más que notable… Espléndidos los Xare-los de Pardas y Casa Ravella. Espectacular éste último. Magníficos los rosados y blancos jóvenes de Vilarnau. Acertados y golosos los vinos jóvenes de Covides. Finísima la Montonega de Mas Rodó y su tinto de cuidado acento bordelés. Los Albet y Noya en guiño permanente con el acierto. Atinado el tinto 2005 de Can Feixes y seguro que muchas cosas más que me perdí. ¡Gracias a todos!

El pasado domingo y por indicación de nuestro amigo Pablo, acudimos a la Ruckbiker’s 2012 en la Granda del Penedès. No conocíamos esta concentración y, ciertamente es, de lo mejor que hemos visto en lo que a organización se refiere, es difícil sacarle más provecho a los 20 € de la inscripción anticipada. ¡¡ Felicidades a los responsables !!
Gracias a todos los que nos acompañaron; Evelyn y Sidney, Mari y Pablo, Ruben , Agusti…… un saludo a tod@s.
Ah, y por descontado, nos quedaron ganas de volver el próximo año.
Tiene la tolerante y Blanca Subur -en primavera- un aire manso, silente, de villa clara y luminosa… ¡Pero eso sí, siempre salada y marinera!
Un destello azul cobalto atraviesa su atmósfera; ribeteada en verde por pinos, sabinas y palmeras; entre playas, malecones y paseos; bajo el faro de la iglesia y sus remolinos de casas.
Las plácidas callejas del casco antiguo –en verano bullangueras, variopintas y un punto canallas- invitan, ahora, tanto al paseo lánguido y amable, como al deambular relajado y curioso.
En una de sus calles comerciales más señeras, la de Sant Francesc, y casi enfrente de su más directa competencia, Jamón&Teca destapa al paseante, su apetecible panoplia carnal, de lomos, chorizos, jamones y paletas.

La tienda, un angosto corredor flanqueado por tres estancias más espaciosas y abarrotadas de perniles, desemboca en un patio “impluvio”, donde un añoso y salomónico tronco de falso pimentero, presta su sombra fresca.
Como si de un deseable museo del hedonismo jamonero se tratara, la tienda expone sobre sus peanas de corte, un voluptuoso muestrario de lo más gentil, florido y granado de nuestra chacinería patria.
En la calle, el rotundo aroma que, del interior exhala lo ibérico, te hace -como a los perros de Pavlov- ¡pararte, mirar y salivar! Dentro, Miguel Hernández, el granadino poeta-artista del cuchillo jamonero, corta, repela, deshuesa, lonchea y entresaca virutas a los gráciles y amorosos perniles de Guijuelo, Huelva y Extremadura.
Gastan para tan sabroso menester, los espléndidos Jamones Rabazo, criados y curados en sistema de maquila, método que les permite alcanzar la más alta calidad de cada zona, a un precio razonable y contenido.
En el despacho-obrador, Eva Sánchez, solícita y amable, dispensa las cuñas de recio queso zamorano –Viriato, Rodríguez Manzano- y los chorizos, morcones, morcillas e ibéricos salchichones que más nos cuadren, y por venturosa seguridad, más nos deleitan. No le van a la zaga el surtido de aceites, -dorados caprichos- que son el zumo del esforzado fruto nacido en el bronco espinazo de Iberia.
Los vinos y cavas, en su mayoría catalanes, con guiños permanentes al Penedés y al acertado Martí Serdá en concreto, esperan impacientes ser copartícipes de su más que deseable comunión, con las virutas y finas lonchas del jamón y queso vecinos. Quizá conviniera recordar – y es idea que anticipo- la más que atinada armonía de las afinadas, salinas, y muy frescas manzanillas de Sanlúcar, con el rey de los sabores ibéricos. Sin duda, un acierto hispánico total; y de puro afortunado, ¡principesco!
No sabe, por otra parte –y esto es un suponer-, Miguel Hernández, el presente poeta del cuchillo, que el muy “gourmet” aunque flaco, Arquestrato, -en tiempos de Pericles- ya vinculaba en su obra Hedyphateia, la salazón de los jamones y la conservación de los embutidos, a uno de los siete grandes cocineros de la Grecia clásica; concretamente al gran Apctonete. Supongo -y ya es mucho suponer- que tampoco conoce que embutido, viene del latín “butella” y de ahí también nuestro berciano “botillo” o nuestro muy gallego “butelo” y asturiano “botiellu”. Sabe, eso sí y muy bien, diferenciar en el corte los orígenes de cada pieza, y sabe resbalar y herir con el cuchillo la suave, suculenta y penetrante grasilla de perniles y paletas… Sabe además, con seguridad, de los jamones, muchas, muchas, pero que muchas más cosas! Lo que ocurre es que éstas, por ahora… ¡aún no están en los libros!
Jesús VELACORACHO.
Abril 2012
Nota: Aclaro, que “maquila” es un contrato establecido entre dos partes, mediante la cual la primera se compromete a beneficiar a la segunda, de sus usos, conocimientos y prerrogativas, a cambio de un estipendio, en especie, concertado sobre el mismo bien estipulado. Como diría Federico Trillo… “Manda güevos…”
He sido invitado, durante estos días de celebraciones y fastos de la feria Alimentaria, a una nocturna y cabal presentación-cata, de los vinos de nuestras rudas y vigorosas garnachas. Las acogedoras instalaciones y el límpido ajuar del barcelonés Hotel Omm, fueron testigos de la muestra de tan singular como muy antañona casta.
Tiene nuestra arcaica y rústica cepa, larga y bien documentada historia, sean cuales fueren las variantes contempladas y a considerar: las virginales garnachas blancas; las raras garnachas peludas; las muy extendidas garnachas negras o las muy colorantes aunque extrañas y ahora escasas garnachas tintoreras… Pero, para conocer su ancestral devenir, vayamos por partes.
La abundante y plurinacional sinonimia de este varietal, que en el siglo pasado y en tinto fue el más plantado del planeta, ayuda poco en las averiguaciones que determinen su procedencia. Garnacha nos remite al francés Grenache y de ahí a su significado: Granate, que en su condición de piedra semipreciosa de color rojo, explicaría -supuestamente- la aceptación y el éxito de la más popular de sus acepciones.
Sostienen sesudos fitopaleontólogos, defendiendo la aragonesa hispanidad de esta casta, que el primer rastro claro y conocido de su presencia vitícola y bodeguera se encuentra en la protohistórica Segeda, ciudadela ibérica de los Titos y Belas, a caballo entre las actuales Miedes de Aragón y Murillo de Gracián. Toda una declaración de intenciones por cuanto son ambas villas, indiscutido asiento de la DO. Calatayud. Como quiera que el varietal se desarrolla, virtuosamente también, en el Campo de Borja; Ribera del Queiles y Cariñena; todo me induce a pensar que este viñedo nacido del bronco espinazo de España, es por su intención y extensión, la cepa por añadidura, más arcaica y peninsular.
Cuenta Terencio Varrón –siglo I a.C.- en su pesado y tópico “Libri Rerum Rusticarum”, que los hispanos bebían desde muy antiguo, un rudo y potente vino llamado Bacca; procedente de un varietal autóctono conocido como Coccolobin. Añade, que era poco agradable al gusto romano por su arisca acidez y áspera frutosidad; aunque reconoce que convenientemente madurado, mutaba en dulce y meloso néctar, tanto en blanco como en tinto. Se me antoja, conociendo las maneras y el pensamiento romano, que hablaba –muy probablemente- de nuestras sobrias, extremadas, vigorosas y poco exigentes garnachas. También dispongo, aunque con datación mucho más tardía, de precisa documentación sobre el advenimiento de la garnacha blanca a la Terra Alta y a sus colindantes -y ya aragonesas- poblaciones vecinas de Batea, Maella, Calaceite y Alto Matarraña; que disponen en conjunto de las dos terceras partes del viñedo de dicho varietal en todo el mundo. Poco se imaginaba mosén Onofre Catalá, que en 1647 plantó la primera viña de la casta blanca en esta zona de Cataluña, la complejidad organoléptica lograda con sus vinos y el afianzado asentamiento que conseguiría con ella cuatro siglos más tarde.


Convendrán conmigo, todos los que hayan probado los caliginosos y albaceteños tintos clásicos de Almansa, que el extracto; la potencia colorante y -por desgracia- también oxidativa; con el añadido, además, del cuerpo fresco y el aliño simpático y descarado de sus garnachas tintoreras, que han encontrado en ellos el perfil más borde de su santo y seña. Más o menos como la tosquedad de la Bouschet de sus parientes –pero bastante peor aclimatadas- hermanas gallegas, que intentan avivar el color de la escasamente rubra, pero más elegante e insigne, mencía.
Mantuve largo tiempo la creencia, por su rusticidad, de que esta cepa tintorera era de muy manchega y recia condición. Pulpa y hollejos tintos, carnosos, bastos… y de vinos rudos con porte altamente colorante! Sin embargo, ahora resulta que los estudios comparativos de ADN revelan que tanto ella como su alter ego, la también extraña Alicante Bouschet son en sí la misma planta, y además de indiscutible origen francés. ¡Cosas veredes Sancho!
En cuanto a la cata-muestra antes señalada, pues más de lo de siempre. Una entusiasta multitud de invitados, que copa en ristre y sin orden ni concierto, vagan por la sala quedando atrapados en las colas de los expositores en una confusa, permanente y poco acertada semipenumbra. Por suerte, casi todos los vinos presentados alcanzaron un notable nivel; fueron más que buenos y representativos… ¡mejores! ¡Hasta hubo algunos espléndidos, diría yo!
El recuento, a vuelapluma, de las firmas participantes dará cierta idea de los caprichos; las abundancias; y las bondades expuestas.
La penedesenca firma Parés Baltá me sorprendió con un cava mono varietal de garnacha negra, atrevido y singular, sin dudas diferente. Vinificado en rosado tan pálido, que parecía un blanc en noirs. Su Indígena de garnacha, en tinto tranquilo, sigue la estela de las audaces garnachas noveles. Elisabeth Jaime y su cuñada, enólogas ambas y vinculadas nupcialmente a la propiedad, lo están haciendo muy bien.
Finca Viladellops mantuvo, como siempre, su firme compromiso con la excelencia. Los vinos de garnacha tinta de Marcello Desvalls son, en el Macizo del Garraf y por ende en el Penedés, la deseable referencia a perseguir. Sin duda, un hito de la aristocracia báquica nacido de tan rústica como plebeya cepa.
Montsant y Priorat, rivalizan con la DO. Calatayud en la posesión de las más añosas, montaraces y vertiginosa garnachas. Aunque en el marco del viñedo las espadas queden en alto; sin duda, en el saber hacer y la técnica de las vinificaciones, los catalanes salen mejor parados. Sirvan de ejemplo los puntualmente catados, magníficos y prioratinos, Furvus y Teixar; y los nobles y aterciopelados Font de la Figuera y Clos Figueras tintos; como también, la espléndida joya blanca del Montsant: el Tros dels Trossos.
El capítulo de la innovación corrió a cargo del celler Lagravera, de la DO. Costers del Segre, en Alfarrás. Ni la estrafalaria botella, ni el curioso juego de palabras del nombre elegido, -“onra molta honra”-, ni el paraje de plantación del viñedo –una antigua y recuperada gravera- desmerecen la atinada labor y el merecido mérito del prometedor y joven enólogo Iván Gallego. Sin duda una bodega y firma de futuro, para tener en cuenta.
Tuvieron los franceses, escasa, pero como siempre muy interesante presencia. Un blanco de garnacha, DO. Vacqueyras, fresco y elegante del Domaine de les Ondines; y un tinto Cote du Rhone Villages, del Domaine de Mourchon, en Seguret, frutal y sabroso; con una relación calidad/precio imbatible, dejaron –y nunca mejor dicho- muy grato sabor de boca.
Castellanos del Alto Alberche, bajo la alegre batuta de Rafael Mancebo, Madrileños de San Martín de Valdeiglesias y los Libido Navarro-Riojanos de Pasolasmonjas, de Gil Sampedro, añadieron a la muestra su frescura, bizarría y simpática condición; amén de una más que formidable e incontestada rcp.
Dejo para el final el amable, goloso, y finamente equilibrado vino dulce de La Vinyeta. Garnacha ampurdanesa, peinada por el viento de la Tramontana, el aliento de la Costa Brava y el aroma de Banyuls… ¡eso sí, adobada con el genio y el talento del joven J. Serra!
En fin señores, una noche de garnachas, de muchas, muchas, muchas… ¡y muy buenas garnachas!
Jesús VELACORACHO
Abril 2012