Tiene Igualada una esquina mágica, aquella que dibujan las calles Sant Magí y Carme.
El número 5 de Sant Magí da cobijo a un negocio familiar que cumple con creces las expectativas de cualquier paladar gourmet: la Charcutería Piqué. Es de esas tiendas que uno no debería perderse nunca. Llama la atención su presencia y cuidada imagen, ¡¡ todo está en su sitio!!

La suave luz ilumina toda la tienda, la disposición de sus fiambres y jamones excelentemente seleccionados; las frutas y las verduras que muestran con orgullo su origen y cuidada procedencia. La cumplida selección de quesos, su charcutería selecta y una extensa oferta de apetitosas croquetas, acompañadas de las más dilectas conservas y platos preparados.
Sus especiales hamburguesas: de vegetales, de gorgonzola, de espinacas y piñones, mallorquinas, italiana, con cebolla, con queso y hasta con pedigrí, pues elaboran una hamburguesa de ternera de Girona que es sublime, suculenta al paladar como pocas.
Aceites y vinagres, y un largo etc. de referencias que, junto a la solicita amabilidad de las dependientas y la dulzura de su propietaria, dan forma a este establecimiento que resplandece con luz propia.

La Charcutería Piqué abrió sus puertas en el año 1968 de la mano de Emili Piqué y Natalia Busquets, que aún hoy siguen colaborando con su hija: Emma Piqué que ha sabido personalizar el negocio familiar y convertirlo en un referente de la calidad culinaria en la localidad de Igualada.



La calidad y el buen gusto en el arte de la charcutería especializada en esta ciudad, tienen su sede en el número 5 de la calle Sant Magí. Una esquina “magica” que muestra orgullosa y refinada, casi como una sugerencia a quien ha sabido conquistarla, la familia Piqué y su Charcutería. Si pasan por allí no lo duden no dejen de visitarla, sin duda no les defraudara.
No tuvo Madrid un restaurante “comme il faut”, es decir, limpio, esmerado, cumplido y cabal, hasta muy terciado ya el siglo XIX. Concretamente, hasta que en 1839, el suizo Emile Lhardy, abrió su reputada pastelería que seguidamente devino en afamado restaurante, en el nº 9 de la céntrica Carrera de San Jerónimo.
Su inauguración dotó, ¡por fin!, a la villa, del referente coquinario que triunfaba y hacía furor en las más conspicuas capitales europeas: La alta y exquisita cocina francesa!!
Hasta entonces, la Villa y Corte, no pasaba de ser un, destartalado y amorfo, poblachón manchego con las pretenciosas ínfulas de capitalidad que le otorgaba su condición de ser el alojamiento “penitente” de Su Majestad y el gobierno.
Una grosera retahila de mugrientas posadas, turbios mesones, infectas tabernas, fondas ruines y rancios figones, amén de alguna botillería, constituían el “vademecum” gastronómico del tan culturalmente indigente como nutriciamente anémico solar.
Sostengo, -con la confianza que da por la lectura, el conocimiento-, que el despavorido visitante que tuviera la malaventura de caer en las garras de aquel vergonzante muestrario de desvencijada hostelería, quedaría vacunado e inmunizado de por vida, contra todo tipo de desgracias y pandemias.
Cuenta Galdós, en su más que prolífica y matritense obra, que la llegada, aceptación y feliz asentamiento de Lhardy, en la capital, supuso una espectacular mejora en las de ordinario aturdidas y a menudo, mostrencas, costumbres coquinarias de tan tosca y tabernaria villa.

Becadas, pulardas, capones, faisanes, turbots, homards, turnedós, bisques, souffles, salsas Perigord, Financere, Velouté, Mornay y Bechameil, desfilaron por sus celebrados salones y fueron gran sorpresa y adelanto en las exquisiteces que tan circunspecta casa incorporó al recetario de la alta sociedad matritense. Curiosamente, el sempiterno y actual Lhardy y 170 años después, es ahora, más que sobradamente conocido por sus castizos, feroces y opulentos callos y sus augustos cocidos de tres vuelcos, platos que fueron tenidos en su tiempo, y en aquel refinado templo, condumio de chusma y tasca; de gustos y olores repugnantes y denostados.
No le fue a la zaga en cursar el envite y conseguirlo en el intento, la muy laboriosa, industrial y burguesa Barcelona.
Desencorsetada de sus murallas desde 1854, -en una hábil maniobra de Madoz-, respirando y expandiéndose, con una bellísima Plaza Real en estilo neoclásico francés, recién inaugurada; contando con la cercanía del Liceo; era sólo cuestión de tiempo que la obra de Daniel Molina no se ennobleciera con el asentamiento, confort y hedonismo de un restaurante de alto copete. ¡Y así fue!
Allí recaló en el nº 12 de la plaza, monsieur Justin con su “Grand Restaurant de la France” en 1861. Fue, éste, el escopetazo de salida para la adhesión sin reservas de las clases pudientes barceloninas a la colonización coquinaria de la época imperial del III Napoleón y su consorte, la emperatriz Mª Eugenia de Montijo.
Chez Justin, como Lhardy en Madrid, supuso un cambio radical en el costumbrista panorama del recetario de la segunda mitad de la Barcelona decimonónica. Las fondas, becos, cantinas, casas de comidas y hostales empezaron una lenta pero continuada puesta “a la mode” que concitó un aumento notable de establecimientos protofranceses y filogalos, que bien pronto fueron asimilados y adoptados como propios; creando de paso con su aportación, una señalada identidad de la burguesa cocina catalana.
El Suizo, El Continental, Chez Martin, La Maison Dorée, “Cal Pinsa” y hasta el muy literario y sucintamente menestral Lion D´Or, siguieron la estela del otrora precoz e iniciático Chez Justin, que ya crepuscular, y en 1896, editó una guía con el precio de sus menús: Cuatro pesetas, como mínimo, para sus almuerzos y cinco pesetas… ¡un duro!… Para las que suponemos que fueran más que palaciegas cenas.
Hablando de palacio, viene al caso, que mientras la reina castiza doña Isabelona II, -“La Frescachona”- aguantó en el trono, -hasta 1868, en plena efervescencia revolucionaria-, la minuta de la real casa fue de lo más corriente dentro de las costumbres aristocráticas al uso. Poco partidaria de la cocina enmascarada, a la reina le gustaba “ver lo que comía” –que era mucho-; y a menudo, tenía un sí es no es, de villanía en sus gustos, que la hacían aparecer un poco atrevida y tabernaria.
El cambio de dinastía que introdujo el advenedizo y turinés Amadeo I de Saboya, propició el abandono en la corte, de la cocina tradicional y desató la moda francesa de Carême en los menús reales, que salvando el ínterin de la 1ª República, continuó en sus fastos y boatos con Alfonso XII, la viuda regente, Mª Cristina y el futuro Alfonso XIII.
Nuestro extravagante, disipado y noucentista “sopar de duro”, pasó a la historia del repertorio popular de refranes, dimes y diretes nativo, más con el sentido de descreído engaño, que con el conveniente y pretendido, de cena suntuosa y opípara. Que yo sepa, en los 115 años despachados desde entonces, y ya a lomos del caballo del siglo XXI, no sería cuestión menor resucitarlo y por su desafío no menos atrevido, porfiar una cumplida y generosa cena, contando para ella, con cinco de las actuales monedas unitarias de curso legal o en su defecto del menor de los billetes que emite el banco central europeo:¡¡ Cinco Euros!! Yo, aquí y desde ahora, recojo el guante. ¿Habrá otros tan o más audaces y atrevidos?
Jesús VELACORACHO. ABRIL 2011
Encuentro un feliz hallazgo el encabezado de esta web. No hay nada más bonito que encontrarse rodeado de vinos y amigos, como debe ser. El vino se ha de compartir y al hacerlo salen a relucir las palabras que con el tiempo devienen anécdotas de tiempos vividos dignas de ser recordadas para siempre.
El vino hace que la amistad renazca, no se bebe vino con cualquiera, siempre que se pueda elegir, preferiblemente nos valemos de personas de nuestro entorno que saben ver, oler, paladear y degustar un buen vino, por desgracia no siempre es así, aunque podemos estar orgullosos de nuestros vinos, cada vez quedan menos asesinos de la uva convertida en mosto primero y luego en vino, aunque algún que otro todavía los hay.
Alguna vez puede que nos apetezca beber solos, no es recomendable diría yo, puede suceder porque nos falta la compañía y momento adecuados, más por esto que por ser unos borrachines de barra fija de bar, que con chato tras chato se apagaban las horas que se llevaban parte de la nuestra salud, con aquellos vinos cabezones que nos ponían la cabeza de tormenta, con rayos y truenos y para algunos la tormenta era perenne.

Hoy nos apetece compartir, si ya se que puede ser una bella palabra para muchos, compartir experiencias entre vinos y si llegan los euros, además de experiencias una buena dosis de algo para comer que combine, que maride con lo que estamos bebiendo y siempre no será igual. Ya estamos aprendiendo a elegir un vino en primer lugar y la comida a consecuencia del vino solicitado. ¿Qué todavía no lo han experimentado? Pues nunca es tarde para comenzar. Hagan la prueba, según como se sientan en aquel día en aquel lugar donde se elaboran y sirven comidas y bebidas, pidan la carta de vinos y elijan su preferido en aquel momento, punto nº uno, dejen que el profesional les de a catar y después inspírense en el pensamiento resiguiendo los platos de la carta hasta encontrar el idóneo por lo que han acabado de catar, eso si entre amigos. Creo que van a repetir la experiencia. Así se lo deseo.
Agradezco a los promotores de la web “entrevinosyamigos” que me hayan dado la posibilidad de colaborar con ellos en este blog, espero y deseo no defraudarles.
Josep Mª Matas. 21-3-2011.

“Los de Abril, para mí”; reza el refrán popular, y efectivamente, es durante éste lluvioso y a menudo, precozmente veraniego mes, cuando el cultivo y abundancia del espárrago, alcanza el cénit de calidad y excelencia en nuestro país.
Tradicionalmente han sido los muy renombrados de Aranjuez y Navarra, los más que apañados protagonistas. Amparados y reconocidos, de paso, por sendas indicaciones geográficas protegidas y por el encendido entusiasmo – bien ganado a pulso- de satisfechos consumidores y gourmets.
Originario de Asia, de los territorios incardinados entre los ríos Tigris y Eúfrates; fueron conocidos por persas, egipcios, griegos y romanos; siendo éstos últimos, los introductores de la planta en la Hispania tardo imperial. No fueron tampoco, ajenos a su aclimatación y asentamiento, los hortelanos nazaríes y los muy exquisitos gastrónomos Omeyas de la cocina andalusí.
Permaneció, entre indolente y remolón, su cultivo, hasta que el histriónico y voraz, Luis XIV los descubrió, supongo que tras su boda con nuestra lánguida, linfática y meliflua infanta. Por cierto, que el caprichoso monarca francés, se empecinó en que crecieran en sus versallescos jardines, durante los largos y gélidos inviernos gabachos.
Por otra parte, la fácil incorporación de la planta al Arco Mediterráneo, -y tristemente también en Marruecos!- les permite crecer prolíficos por tierras de Jaén, Granada, Málaga, Córdoba y Murcia, que se han convertido, de momento, en capitales comerciales del espárrago verde.
Preparo con notable acierto, revoltillos y tortillas de trigueros con ajos tiernos, gambas y alguna que otra audacia. Dispongo, además, en mi condición de Laminitano, de la sabia y oretana receta del moje de espárragos, condumio menestral y agradecido, con guiños al poderoso pimentón, en la España espartana y cominera.
Nuestros recios compatriotas de Tudela, en la Navarra telúrica y huertana, han sido los diligentes y afanosos especialistas del lustroso, fálico y rotundo espárrago blanco.
Tengo conocimiento de lo esforzado y sufrido de tan mimado como oneroso y menestral cultivo. Gozo por otra parte, de la incomparable y mayestática calidad de un producto que ha sido el buque insignia de la potente industria conservera Navarra…
Pues bien, como impenitente “cocinilla” que soy, decidí hace unos días, y para un convite, preparar un primer plato con los
mansos, sabrosos y generosamente calibrados espárragos navarros, procedentes de sendas latas. ¡¡Hermosísimo y deleitoso placer visual y aromático!! …Y aquí empieza el despropósito. Aunque todos eran aparentemente iguales, los de una de las latas, resultaron sabrosos, tiernos, desfibrados; con una textura sedosa y delicada. ¡Auténticos!. …Los de la otra lata, aparentes y etiquetados con el marchamo de una bella cajetilla muy publicitada y de fácil apertura, resultaron ser un notable fiasco. Ante la general sorpresa, acudí presto a la información comercial de los envases. Los dos eran navarros y por lo tanto bien nacidos, pero uno de ellos, colaba de rondón bajo un sinfín de presuntas virtudes y dolosas ventajas, un amenazador Made in China.
Nada tengo contra los chinos,-primero porque son muchos y segundo porque veladamente, me parecen una severa amenaza-, pero yo quiero que vuelvan por sus fueros, mis sempiternos, cabales, calibrados y lustrosos espárragos de Navarra!!
En cuanto al convento al que hace referencia el título del artículo, viene de la curiosa disposición eclesiástica que prohibía la plantación de éstas liliáceas durante el Renacimiento, en las huertas de las tan recoletas, castas y devotísimas monjas, como en las de sus, laboralmente emparentados hermanos, los frailes.
Sostengo que la misma turbidez lúbrica y paranoica, que emplazó a Galileo y quemó a Savonarola estaría detrás de tan desatinada y estéril como estúpida medida. Se les olvidaron a los pacatos inquisidores, la prohibición añadida de notables muestras de fálicas hortalizas tales como los castizos y a menudo, opulentos nabos; las rubicundas zanahorias; los calibrados pepinos de granulosa verruga y los no siempre menguados calabacines de piel tersa y brillante… Hicieran lo que hicieran los del convento, para su congoja y nuestra tranquilidad, lo hacían dentro. No como hacen ahora –y harán- las gentes de pocos escrúpulos y nula conciencia, con mis dilectos espárragos. Dar gato “chinorris” por rica liebre tudelana. Acuérdense lectores, en adelante, de mi dolorosa premonición. Si son verdes serán moros, si son blancos, ya son chinos!!.
¡¡ EXIJAMOS LOS AUTÉNTICOS !!
Jesús VELACORACHO. ABRIL 2011
Miguel es otro buen amigo de estas páginas. Como se dice en el argot profesional de las carreras, el chavalín es un valor seguro, sigue marcando buenos tiempos. Eso sí, cada vez que tiene que enfundarse el mono, pasa de desayunar bocadillos a tomar fruta. ¿Por qué será?
Recuerdo la época en la que corría como un mosquito endiablado con una RD 350, cuando creías tener la moto bien situada en una trazada rápida y perfecta, aparecía el amigo y su RD por el exterior, con el zumbido inconfundible de un motor de dos tiempos exprimido al máximo y te pasaba como si nada. Costaba entender como con aquel chasis de “flexibilidad incontrolada” se podía ir tan rápido.
Hoy y con lo mucho que ha llovido, al bueno de Miguel, se le sigue haciendo la boca agua cada vez que le hablas de motos, y desde luego, os garantizamos que aunque los años han pasado, el gesto de la muñeca sigue siendo el mismo de siempre, será que ahí la “artrosis” no se nota tanto.

¡¡ Sobresaliente Miguel !!
La cena capitular de la “Sociedad Apicius”, relativa al pasado mes de Marzo de 2011, ha sido de las que, internamente, llamamos “ilustradas”.
Reciben, presuntamente, tan clarificador nombre, para diferenciarse de las más discretas y “domésticas” que habitualmente realizamos en el ámbito de nuestro centro social “L´Agricol”, que están por su concepción y carácter, más cercanas a las de un aparente “txoko” vasco.
Añaden, de singular, -al margen de contemplar a posibles invitados-, el que éstas sean servidas por restaurantes, que a nuestro criterio reúnen las condiciones que “Apicius” pretende aunar en sus salidas: Producto; Cocina; Servicio… y ¡Buen Precio!
Si el entorno es además agradable, y la propiedad, amable y detallista; habremos alcanzado el acierto. Cuando éste es además continuado, el premio es siempre, el Reconocimiento y la Excelencia!.
Pues bien, el continuado acierto, es norma de la casa que nos sirvió el ágape capitular. Estamos hablando de “El Bosc”, el gentil y ya reconocido restaurante de nuestros buenos amigos Jordi y Susan, que como siempre volvieron a elevar el listón que marcan las condiciones “Apicius”.
Una copa de cava Nadal Brut Nature Reserva, a guisa de cumplida recepción y bienvenida, es el preámbulo báquico que cabía
esperar de tan atento y hospitalario, restaurante amigo.
Tras las salutaciones de rigor, una espléndida mesa imperial nos aguarda engalanada, con todo el ajuar en estado de revista… ¡Por fin, copas y más copas, como Dios manda!
Como la hora ya era la propicia, comenzamos la sesión con la consigna del ritual acostumbrado: ¡Acabar con todo aquello que, de apetitoso, salga de la cocina¡.
Una tierna y despavorida alcachofita envuelta en jamón crocante, tremolando sobre una cucharita, abrió la cuenta del rosario de los rotundos platonazos que siguieron a continuación.
Un atrevido coulant de pulpo y butifarra blanca, escondiendo una parmentier con yema escalfada. Un soberbio y abundante arroz caldoso, coronado por una augusta gamba vilanovina, que nos confortó. Al tiempo, se hacía reverente hueco para el sabroso y tremendo ossobuco, con su meloso tuétano, que finalmente hizo su aparición.
El colofón goloso fue un entramado de texturas de crema, sobre un tierno mollete de bizcocho, sostenido por un timbal de manzana y yema.
El atrevimiento y sabiduría coquinaria de Jordi Martínez, se consolidan y de paso evidencian sus argumentos de dotado marmitón, a ojos vistas.
El capítulo báquico, corrió a cargo de Jordi Raventós. La ocasión merecía hacer notar su experiencia y capacidad de interpretación de los vinos probados. Que las armonías fueran un atinado acierto, era de esperar…Cava Nadal; Ruchel de Valdeorras; Els Camps, del Penedés y Margalló de Jané Ventura y un soberbio y excelente Caligo, de botrytis noble, emparentado con los muy exclusivos Sauternes, Barsac, Tokaji, o muffati de Orvieto.
La sobremesa, corta por lo avanzado de la hora, contó con algunas anécdotas entre curiosas y divertidas, del animado cotarro que ambienta al histórico y picarón, mundillo de la gastronomía.
Susan, encantadora, ubicua y sutil, dio ese toque tierno, femenino, entre distinguido y amable, que merecía y necesitaba la ocasión. La joven Sonia Ramos, fue con su aleteo solícito y diligente, la “volvoreta” particular de la sala.
Tras la lenta y tardía retirada, todos celebramos contar con un acierto fijo, en la loca quiniela de los restaurantes que visitamos. De hecho, éste es un Apicius y eso también se nota!
Pues ya lo sabéis: En el “Bosc”, lo que hacen, lo hacen bien…¡ Por eso es ya, un firme valor en alza, y siempre, un acierto seguro!!
Jesús VELACORACHO. ABRIL 2011

Esta época del año, nos obsequia con hermosos paisajes primaverales. Es la transición que nos permite dejar atrás el frio invierno y aguardar con alegría el cálido verano.
Para la viña también es una época de transición. Con el aumento de la temperatura, la vid vuelve a entrar en actividad. El agua circula por el sistema radicular de la planta, y cuando llega al punto en donde se ha podado, la savia sale al exterior a modo de lágrima. Durante dos semanas aproximadamente se produce este fenómeno, que permite que empiecen a aflorar las yemas.
