Añade, la salada y blanca Subur, una cuenta más a su animado rosario de singularidades y encantos, al contar en el vademécum de su historia con la presencia de una de las uvas más legendarias del Mediterráneo: la dulce y fresca Malvasía.
Aúna tan remoto varietal en su proceloso devenir, un universo de tradiciones, historias y creencias que bien pudieran ser las diferentes caras de un mismo poliedro, contempladas unas desde el rigor histórico y otras desde el romanticismo que engendra la leyenda.
Como quiera que unas y otras se entrelacen y confundan, intentaré establecer los supuestos que en lo posible aclaren el enigma.
Sabemos que fueron los focenses, griegos de Asia Menor, los que fundaron en el siglo VII a.C las ciudades de Rhode y Emporion, y que costeando comerciaron desde allí con las tribus íberas ribereñas, introduciendo de paso, entre layetanos y cosetanos, los varietales derivados de la griega y ancestral cepa Athiri, aquellos que contenían un terpenismo más acusado y evidente. Confirma este dato la fitopaleología aplicada al sarro tartárico de las vasijas de vino, encontradas en el asentamiento íbero de Avinyonet del Penedès, distante de Sitges unos ocho km en línea recta.
Por otra parte, resulta testimonial y clarificador, que al seguir el periplo de las primitivas colonias griegas en el Egeo, Jónico, Adriático, Tirreno y Mediterráneo occidental, nos encontramos aunque con variada sinonimia, afincados y actuales cultivos de nuestra uva protagonista: la Malvasía. Ahí figuran Quíos, Candía, las Cícladas, Ragusa, Spalato, Fiume, Otranto, Salento, Reggio, Siracusa, Lípari, Nápoles, Córcega, Cerdeña, Liguria, Colliure, Sitges, Banyalbufar… en fin, viejos enclaves testigos de la antigua presencia colonial griega, que se mantuvo viva hasta el desenlace de las guerras Púnicas y la aparición de Roma como potencia hegemónica.
El edicto del tercer emperador Flavio, Domiciano, -finales siglo I d.C- que pretendió erradicar el cultivo de la vid en Hispania y en la Galia, debió suponer un retroceso y a la par que una soberana dificultad -durante los siglos II y III d.C-, en el devenir vitícola en el Mediterráneo occidental. La derogación del edicto por parte del benéfico emperador Provo –finales siglo III d.C- devolvió las condiciones naturales a los territorios que habitualmente habían sido productores de vino.
Poco añadieron godos y musulmanes al trasunto vitícola de nuestra sitgetana casta. Los primeros porque eran unos cafres y temibles bebedores de cerveza, y los segundos… Digamos que a los segundos, su religión les prohíbe el alcohol pero no el comer las dulces uvas; aunque al permanecer Sitges durante casi tres siglos –de principios del VIII a finales del X- en tierra de frontera y sujeta por lo tanto a las “razias” e invasiones, la intranquilidad y la zozobra de la payesía debió perjudicar notablemente a los cultivos.
Tampoco sería extraño el medieval supuesto provocado por el mercadeo entre venecianos, marselleses, pisanos, genoveses y catalanes, siempre en contacto con los caravasares del Asia Menor y las islas griegas con motivo de la distribución de los productos de la Ruta de la Seda. De hecho Malvasía es voz veneciana datada por vez primera en 1250, en el escandallo de una relación comercial.

Donde historia y leyenda confluyen de manera más evidente es en el cuarto supuesto: los conflictos derivados de la expansión mediterránea de la corona de Aragón.
Como la paz de Caltabellota de 1305, sugería y casi imponía a Roger de Flor el rápido licenciamiento de las milicias almogávares o su ocupación bélica en otros territorios, optó el almirante por trasladar a su ociosa e indisciplinada horda hacia Constantinopla, en teoría para socorrer a la dinastía de los Paleólogos de la amenaza turca.
Partió la expedición desde Sicilia y recaló en Monenvasía, el colmillo del Egeo e islote de la península de Morea en Laconia, donde se había estipulado recibir parte del pago por el compromiso del socorro, y donde conocieron nuestros almogávares por vez primera el dulce vino de Malvasía. Continuaron su avance hacia las costas de Asia Menor y fondearon las naves en Quíos, la isla donde se instaló durante dos años la logística y retaguardia.
Como sería prolijo contar la crónica de las vicisitudes y tribulaciones de la soldadesca almogávar en tierras de Anatolia, paso a detallar que dos años más tarde, en 1307, asesinados alevosamente el almirante y su estado mayor, y ya de la mano de Ramón Muntaner, el grueso del contingente de los almogávares de la Gran Compañía Catalana, supervivientes y desencantados, regresa a casa.

Sabemos que el cronista Muntaner se casó en Chirivella ese mismo año con una rica pubilla, y que plantó en las tierras de ésta, en las huertas de Valencia, viñas exóticas con los sarmientos recogidos durante su periplo mediterráneo. Casi al unísono, la pintoresca leyenda de Jofre de les Escales, el almogávar de Sitges, se solapa y empareda con la historia vitícola de su lugar de origen: la luminosa y blanca Subur. Y contribuye a alimentar esta confusión tanto por lo que conocemos como por lo que suponemos. Pero vayamos por partes.
Una concatenación de sucesos convierten al noble Bernat de Fonollar, consejero de Jaime II, en propietario del castillo de Sitges en 1306. Unos años más tarde, curiosamente, el importante patricio impulsa y estipula la plantación de viñas en la zona conocida ahora como el Vinyet. ¿Serían acaso de la cepa Malvasía…?
Conocemos la extremada importancia de los cereales y su comercio –con el añadido desde 1345 de la producción penedesenca- en la economía medieval de la salada y costera villa; de hecho hasta su nombre los vincula: Sitges=Silos, silos para cereales, en un poco borde pero aclaradora traducción. ¿Se imaginan cómo fue de impactante el éxito y la aclimatación de la viajada cepa griega para que desplazara a la principal industria y mercadeo del municipio y sus aledaños?
A principios del año 1600, la cuarta parte de los cultivos de Sitges son viñedos con cepas de Malvasía, y un siglo y medio más tarde el comercio de la villa, en general, depende de los vinos licorosos, blancos, dulces y aromáticos de la cepa traída por el legendario almogávar de Les Escales.
La larga bonanza comercial que sigue a este periodo se acrecienta y multiplica, en el último tercio del siglo XVIII, con la concesión en 1778 por parte de Carlos III del permiso mediante el cual se autoriza a los reinos de la vieja corona de Aragón, al comercio con las colonias de ultramar.
Tanta ventura se desarrolla y prolonga durante más de un siglo y cuarto. El comercio al por mayor del licoroso vino de Malvasía de Sitges engorda económicamente, tanto a los abundantes productores como a los bodegueros, comerciantes y exportadores. Las firmas y asentadores se multiplican durante la edad dorada entre el segundo y el último tercio del siglo XIX. Los Manuel Llopis y Bofill; Llopart; José Robert Mestre; Vidal; Sariol y Coll; Almirall; Dalmau; Coll y Bosch; Cristóbal Miralpeix; Miró; Félix Mirabent; Daniel Robert… conforman el patriciado de las bodegas locales y copan lo más granado de la producción exportadora. Pero…perifraseando la vieja sentencia diré, que tampoco hay bien que cien años dure!
Tres cosechas, casi continuadas, afectadas por una pertinaz, severa y dañina plaga criptogámica de oídio y botrytis –a la que tan sensible es la variedad-, y el feroz estallido de la filoxera en la comarca, merman no solo la producción de vino sino tambien la superficie de has dedicadas al cultivo. La hedonista incorporación de un nuevo vino, el espumoso y festivo champán -ya en los años crepusculares del siglo XIX- a los gustos de la aristocracia y burguesía dominantes, acaba por arruinar los cultivos y malbaratar la industria y el comercio de los dulces moscateles y malvasías sitgetanos.
Al finalizar el primer tercio del siglo XX, la situación del cultivo y la industria suburenses dedicados a la Malvasía era más que desolador, crítico. Un patricio de la villa, don Manuel Llopis y Casades, diplomático de España en Sofía –Bulgaria- deja en su testamento en 1935 al Hospital de Sant Joan Baptista –que fuera fundado en 1324 por Bernat de Fonollar y contemporáneo de nuestro almogávar- un legado con el usufructo de la bodega familiar y las casi dos únicas hectáreas y media de Malvasía que quedaban en el término; eso sí con la condición de que el Hospital continúe la elaboración de las viejas esencias de Malvasía.
Casi noventa años más tarde, aquella postrera decisión de nuestro sitgetano prohombre resistió el duro tránsito del desierto de su cultivo y su precaria subsistencia comercial, y así podemos decir que se ha cumplido con creces su deseo, siendo la vieja fundación del Hospital la que ha permitido que cuaje con vigor la orientación y nueva filosofía de la noble uva. Ahora, como siempre que algo funciona, los que se suben al carro ganador son legión y plantan con encendido entusiasmo el viejo varietal viajero.
Padece, sin embargo, la antañona Malvasía de Sitges un declarado y grave problema de homonimia y sinonimia varietal. De hecho, son muchas las has plantadas de uvas, -mayoritariamente blancas y dulces-, que se recogen bajo el genérico indeterminado de Malvasía. Las tambien conocidas por Alarije, Chasselas, Doña Blanca, Moza Fresca, Merseguera, Planta Nova, Subirat Parent, Trobat, Malvoisie Fine, Riojana, Macabeo, Albillo, Rojal, Tortozón, Leonesa, M. Castellana, M. de Toro, Vermentino, Trebbiano, Greco bianco, Arinto… y otras muchas que se amparan bajo la tutela y el prestigio de la vieja cepa, contienen algunos rasgos que contemplados indiscriminadamente y con poco rigor, se solapan y aun confunden con los de nuestra casta protagonista.
Mientras la ampelografía clásica clasifica 12 familias de uva de Malvasía, recientes estudios genéticos las reducen a 8, quedando las de la variedad conocida como M. Aromática circunscritas a sólo 3, que son: M. de Sitges, Volcánica y Rosada. Con todo, no es demasiado complejo identificarlas, si seguimos la definición del conde y ampelógrafo italiano Rovasenda, que ya en 1885 las definió como “varietal algo rústico, de uvas perfumadas y de color verde-amarillo, con notable frescura por su acidez; de sabor dulcísimo y tono amoscatelado, con notas ligeramente amargas”. Como no podía ser de otra manera, y para compensar tanta aparente facilidad, nos dejó la friolera de ¡76! sinónimos de la uva, que pretendidamente son los nombres con que se conocen en los enclaves del largo rosario de su periplo histórico y viajero. Aparecen así las Malvasías de Lípari, la Bossa de Cerdeña, la baleárica de Banyalbufar, la croata de Dubrovacka, Istriana, las de Piacenza y el Piamonte, la Greco di Gerace calabresa, la malvasía Nera de Apulia, la cretense de Candía, la de Quíos, la Volcánica de Canarias, la Cándida de Madeira y otras que por el escaso volumen cultivado seria prolijo enumerar.
Permanecen y resisten, aguantando irredentas, en toda la península unas treinta has del singular viñedo ubicadas todas ellas en el litoral costero catalán. Las honorables viñas del Hospital y las de Isidre Pagès en Sitges, las de los Bartra de Vega de Ribes para su curiosísimo “Ancestral”, las de Can Ramon del Montgros, las de Jane Ventura en el Baix Penedés, las de los jóvenes del Mas Candí en Les Gunyoles, las de los Alemany-Corrió, las de Can Feixes en el borde del Penedés-Anoia, las de Torelló cerca de Gelida, y alguna otra de reciente plantación en el Empordà-Costa Brava como ofrenda y gentil recordatorio a la vieja cepa griega.
De sorprendente podría considerarse, la abundancia y magnifica salud de las plantaciones de Malvasía volcánica y rosada que medran en las islas Canarias. Las más de ochocientas has repartidas por todas las islas y en todas y cada una de las once D.O. que amparan los vinos isleños, constituyen un formidable capital genético de la viajera casta. Curiosamente, es de archisabido conocimiento por los canarios, que la casta de su Malvasía les llegó a finales del XIV a través de las portuguesas, vecinas y tambien volcánicas islas de Madeira, donde el mismo varietal es conocido como Malvasía Cándida, es decir Malvasía de Candía, la de la isla cretense que cuenta además –para más inri- con un barrio llamado de ¡Malevizi o Malevizión!, que abre de nuevo el conflicto por la procedencia del viñedo y el origen del nombre de las dulcísimas y amoscateladas uvas.
Como quiera que sea, dejo zanjado por ahora el tema -para no marear más la perdiz-, procediendo a enumerar los vinos de malvasía que se elaboran en la actualidad en Cataluña. Concedo a la noble Malvasía Clásica la condición de vedette de la saga: vino de color ámbar, licoroso, amelado, untuoso y glicérico. Con una fina y equilibrada acidez y un azúcar residual de uno 200 g/l. Larga crianza -4 o 5 años- en bocoyes de 620 l, expedido en elegantes botellitas. De hecho más que una rareza parece un perfume.
Tiene la Malvasía Seca un patrón descriptivo similar al de la Clásica pero con diferente concepción. Mucho más seca y menos alcohólica, tiene un paladar incisivo muy elegante y singular.
Los vinos tranquilos de Malvasía, tipo Blanc de Subur, son secos, aromáticos, poderosos, con una fresca y equilibrada acidez y un paso final que evoca el perfume del varietal y sus clásicos registros ligeramente amargos. Un gran vino joven.
Dos tipos de vinos espumosos participan de las alegres y chispeantes burbujas de la vieja casta. Los concebidos y resueltos con el método de la Champagne y por lo tanto al cava, tipo Monenvasía y Clos Lentiscus, y el Ancestral, elaborado como la Blanquette de Limoux, siguiendo el método de la abadía de Saint Hilaire, allá en el departamento de Aude, en la región de Languedoc. Todos ellos lo suficientemente interesantes como para dedicarles un post personalizado y en exclusiva. Por eso hoy, nuestro compromiso con la Malvasía, la noble señora de la viticultura de Sitges, queda para siempre cumplido, honrado y agradecido.
Jesús VELACORACHO.
Mayo 2013
Pagà Disseny presenta su último proyecto, el Petit Arnau de Loxarel en su cosecha 2012.



He aprovechado el breve aunque diluviado éxodo de la pasada Semana Santa para visitar y recorrer una de las provincias de nuestra geografía que bien pudiera –en mi ignorancia- intitular de perfecta desconocida. Supongo que la tardía aparición de su inicial en el alfabeto de las provincias patrias y el cogerme a menudo a trasmano, me condujo siempre por más amanosos y lisonjeros destinos. Injustificadas simplezas aparte, sostengo que la señorial armonía y la opulencia artística de su sureña y salmantina hermana de un lado, y el bravío desparpajo y las patricias galas de su más norteño y leonés padre por otro, ningunearon las gracias de nuestra telúrica e hidalga Zamora, la de la seña bermeja.
Como quiera que para este viaje dispusiese de amables cicerones autóctonos –además de notablemente ilustrados-, pude prescindir del engorro que guías, mapas, vademécum y otras monsergas, ralentizan y entorpecen el aliño natural de los viajes con sesgo acelerado. Entono, de paso, el “mea culpa” por no haber tenido antes mejor nariz para olfatear las esencias que exhala tan áspera como fragosa y serena tierra.
Aupada en un altozano que coronan las muesas murallas del que fuera castillo tan jaque como la pétrea catedral, Zamora oficia de estratégica y épica torre vigía –Ocellum Durii- en su lontananza de frontera, con el padre Duero –ahora bronco, enfangado
y revuelto- circunscrito a su atalaya y casi rendido a sus pies.
Conserva la ufana capitalita, un poco al amparo del antañón recinto medieval, un salpicado tresbolillo de bellísimas ermitas románicas que durante el resto del año lucen y salmodian su perpetuo sonido de piedra y que en el de ahora, su tiempo santo, se arrebatan en vaivenes de hachones y murmullos de cofradías, de cuitados pasos procesionales que son, además, de tránsito obligado tanto para arrobo y descanso de los sufridos penitentes como de regla de gálibo para nazarenos con capirote. Acompaña a tan clerical como artística arquitectura un más que notable muestrario de edificios civiles, medievales y renacentistas unos, así como otros más patricios y burgueses, casi todos éstos últimos de finales del siglo XIX y principios del XX, dotados de aparente planta y un marcado porte modernista.
Aunque mi condición de castellanía militante me conduce tambien por devotos y místicos caminos, reconozco mí más que deplorable porte como atribulado penitente procesional yendo de ermita en ermita por muy ingenuas y encantadoras que éstas sean. Convengo con otros muchos zamoranos -ya condenados “a divinis”- que tampoco está nada mal procesionar alternativamente por las báquicas y paganas tabernas, mesones, restaurantes y pastelerías que jalonan -de hito en hito- el bullicioso corazón capitalino zamorano. Concedo, eso sí, un simpático empate para las huestes de uno y otro bando en asuntos tales como el de sorber -a muy trasnochadas horas- una escudilla de empimentonada y picantona sopa de ajo, y despacharse con un rotundo desayuno del “Dos y pingada” para que nada se eche en falta entre pecho y espalda.
Se dice que Zamora no se ganó en una hora y seguramente fue así, pero lo que es indiscutible es que se necesita no menos de una semana para visitar y conocer debidamente las comarcas naturales que conforman su territorio provincial. Sayago, Aliste, Tierra de Tábara, Arribes del Duero y el Tormes, Benavente, la Tierra del Pan, la del Vino, Tierra de Campos y las más montañosas y norteñas de Sanabria y Carballeda, merecen conjugar la sorpresa y el entusiasmo del visitante con el sortilegio ancestral y el telurismo magnético y mineral que muchas de ellas desprenden…Los amenazadores y ciclópeos riscos de los Arribes, las emergentes muelas y batolitos graníticos de Sayago, los cantuesos, piornales y las “cortinillas” divisorias de Aliste, los tupidos bosquecillos de la sierra de la Culebra, los nobles vinos de Toro, las truchas del Tera, los habones de Sanabria…El rotundo y dignísimo “sota, caballo y rey” de Casa Pepa en Ferreruela de Tábara –¡¡no se lo pierdan!!-, las setas de cardo, alubias con liebre y ensalada de codorniz del mesón El Labrador en Castroverde de Campos, la fina y atinada armonía de los “avisillos” ilustrados de los Caprichos de Meneses, ya en la capital; los garbanzos y el bacalao ajoarriero del Rincón de Antonio, y el bien resuelto “totum revolutum” báquico y coquinario de las calles Herreros y Balborraz. Ni que decir tiene que la blanca ternera de Aliste, la chacinería tradicional, las setas del Empalme de Rionegro, los nobles vinos toresanos y lo más villanos de Fermoselle, las alubias, lentejas y por supuesto los humildes garbanzos de Fuentesaúco, son los monumentos gastronómicos más destacados de la provincia.
Cabe a tan hosca e indómita tierra la suerte de ser la presumible patria del valeroso Viriato, el terror de los romanos. Su lanza, aventada con los ocho jirones rojos arrancados de los gallardetes romanos derrotados por él con sus tribus de vacceos y vetones dio origen a la seña bermeja: la bandera de Zamora. Siglos más tarde y ante una injusticia que, aunque de condición banal -¡por una trucha!-, lesionaba la dignidad de los villanos, los zamoranos del burgo y de los arrabales se amotinaron y de paso quemaron a los nobles reunidos en la ermita de Santa María la Nueva. Así se las gastaban los pioneros y repobladores de estos pagos y espesuras. Una Fuenteovejuna del siglo XII en una tierra de libertad y brava gente.
Dejo para el final la fascinante experiencia de contemplar el paso procesional conocido como “El Yacente” que acaba ya bien entrada la madrugada, con la sobria polifonía de un entonado “Miserere”, en la plaza de Viriato. El silencio, roto apenas por el aplazado tintineo de una campanilla, acompaña a los cofrades por el empinado recorrido mientras el titilar de las luces de los hachones que portan, arranca macilentas sombras y destellos espectrales a sus níveos hábitos y agudos capirotes procesionales. Estoicos, silentes e imperturbables, los apretujados nativos y visitantes esperan y aguantan a su paso -incólumes- lo que no está en los escritos. Añado -por propia experiencia- que calados, y además cayéndonos agua nieve y con mucho, mucho frío, la procesión resulta del todo y para siempre…¡¡ única e inolvidable!!
Jesús VELACORACHO.
Semana Santa 2013.
Nota: Ocellum Durii: En latín “Ojos del Duero”. “Mansio” del itinerario de Antonino en la Vía de la Plata.
Ya son cuatro años de caídas consecutivas. El valor de la tierra está condicionado al del producto a que se dedica. Los precios experimentaron en 2011 una caída del 1,6%, según el Ministerio de Agricultura. Bajan los precios de las superficies de regadío y solo experimentan una ligera subida las tierras de secano.
El precio medio de una hectárea ascendió a 10.003 euros frente al techo de los 11.402 euros de 2006. Una hectárea de labor de secano llegó a los 6.752 euros y de 18.272 euros si es de regadío. La superficie más cara es la platanera de Canarias, 218.000 euros, seguida de los cultivos de invernadero, con 133.500 euros. Los cítricos oscilan entre 44.000 y 54.000 euros y el olivar, más de 41.000 euros. En viñedos se llega a los 62.5000 euros en el País Vasco y 90.000 euros en Canarias.
Bajan los precios de los invernaderos, olivar o el viñedo y suben los de tierras de labor de secano por las altas cotizaciones de los cereales. Buen momento para invertir en ello y en la viticultura.
“Per Sant Martí, mata el porc i enceta el vi” reza un sabio y añejo refrán catalán, ahora interesadamente proclamado y reverdecido.
De un tiempo a esta parte, la Generalitat, que ejerce de ávida acaparadora y feroz depositaria de las esencias pan-catalanistas, ha recuperado lo que en su tiempo debió de ser con la llegada del frío, un acertado aforismo medieval; y que ahora con la climatología alterada y cambiante, es “costumari” de forzada apuesta y desvariada condición.
Supongo que, al margen de la potente exaltación del asunto nacionalista, no será ajeno tampoco el intento de imitar el tremendo éxito comercial obtenido por los franceses con su muy étnico pero dispar Beaujolais; ese vino modorro, torpón y aldeano que tanto priva y obnubila a nuestros vecinos gabachos. Alcanzar ese éxito económico es lo que, sin duda pretenden los prebostes nacionalistas y lo han convertido en senda y luz de faro o guía para imitar y seguir.
La fiesta de este año, 2012, conducida curiosa y oportunamente por el presidente Mas, ha sido menos concurrida, lucida y aparente que en otras ocasiones. Adivino que la extremada penuria de las arcas comunales y las párvulas partidas presupuestarias dedicadas a estos eventos tienen mucho que ver con la espartana presencia de la presente edición. Acepto de buen grado estos recortes y estrecheces a los que nos han avocado los frívolos fastos y despilfarros sin tasa de anteriores presentaciones.
Como quiera que los protagonistas de la fiesta fueran los vinos noveles, es de agradecer que aunque prematuros, neonatos, precipitados y recién paridos, casi todos acudieran puntuales a la cita.
Algunos vinos blancos, en su desnudez, presentaban signos claramente adolescentes: descoloridos, desvaídos, livianos, aguanosos… en fin, vinos zangolotinos y ¡¡pre-púberes!! Sin embargo, otros más desarrollados y precoces se manifestaban auténticos, serios y cabales, como el soberbio Blanc de Subur, un monovarietal de Malvasía de Sitges del Hospital de Sant Joan Baptista, concebido por Josep Pascual; tambien de soberbio podría tacharse el espléndido y magistral 3 Macabeus o el muy curioso Nosodos+ de Albet i Noya, primer vino -que yo conozca- que no contiene sulfitos, y que en su habitual honradez recomiendan consumir hasta la próxima primavera; otrosí para el rotundo, genial y premiado Macabeu de Mas Rodó; o el muy fresco, redondo y atinado Cal Maginet de Cellers Llopart-Pons de Guardiola de Font-rubí… y además, no por añadidura sino muy lógicamente, las siempre raciales, magníficas y poderosas garnachas blancas de la Terra Alta. Un totum revolutum menor de otras D.O. esperará pacientes su afinado hacia el mes de marzo.
No tuvieron los rosados mejor presencia, recorrido ni padrinazgo. El precoz embotellado y acelerada elaboración –por fuerza emplazados- para celebrar el evento, los condujo por territorios que bordean la frivolidad o banalidad báquicas. Se salvan de la quema un espléndido y rotundo rosado de Syrah de Gramona; el siempre atinado y justipreciado Pinot noir de Albet i Noya; una feliz avanzada y muestreo de algunos Montsant, acertados y ya expectantes; y en tardo-primaveral espera, un cajón de sastre de otras denominaciones.
Mucho más necesitados de tiempo y reposo, los vinos tintos -apresurados y todavía inmaduros- se presentaron a la cita con las naturales deficiencias que comporta el haber sido racimos colgando de las cepas hace tan sólo un mes. Únicamente las bodegas que dominan el sortilegio de desacelerar el tiempo, consiguieron estar a la altura de las circunstancias.
Es lógico que los varietales de más precoz maduración y vendimia, fueran de nuevo los mejor parados. Albet i Noya, siempre atinado y en candelero con su ya clásico tempranillo joven; Heredad Mont-rubí con su novel y poderoso Black; El Masroig, del Montsant con un vino audaz e insolente –“bandarra” lo llaman-, pero más que canalla diría yo que avispado; el aldeano y terco Parrell joven de cellers Aibar; el “ferm i lleidatà” 3,2,1… de Mas Ramoneda, elaborado con acierto por David García… En fin, lo más cumplido, gentil y granado de la bisoña promoción de la añada del 2012.
Dice -ya para acabar- tambien, una supongo que bastante reciente e indocumentada sentencia, -y de credo aparentemente popular-, “Si hi ha ram, hi ha mam; i si es de pi, es de bon vi”… Sepan todos aquellos a los que les importe el rigor histórico y la cultura, que el Costumari Catalá no recoge ni “la dita ni la festa” como propias, y que sería ésta una apropiación relativamente cercana en el tiempo, de usos de países centroeuropeos en los que, desde antiguo, la presencia de la rama de pino colgando de la piedra clave de la portalada de la bodega, indicaba la llegada del vino joven. Así lo he visto en Alsacia, Suiza, ocasionalmente en el Rhin y Mosela, o en la vecina Austria, incluido el Sud-Tirol y el Trentino Alto-Adige.
Como no tengo ningún interés en alargarme en discutir dimes, diretes, añadidos o vanidades espurias; dejo en manos de la rotunda e indispensable obra del muy culto y poco dudoso Joan Amades, -“El curs de l´any”- la defensa de mi último argumento.
Jesús VELACORACHO. Noviembre 2012
El chino Yao Ming, una de las ex estrellas destacadas de la NBA, acaba de encontrar una actividad promisoria para sus negocios: aprovechando su fama y prestigio en su país, y el boom del vino en China, acaba de lanzar sus primeras etiquetas al mercado. La bodega se encuentra en el Napa Valley.
Yao Ming no sabía nada de vino, hasta que llegó a la NBA, luego de destacarse en el baloncesto de su ciudad natal, Shanghai. Recién allí tomó contacto con la bebida a instancias de un compañero congoleño que le enseñó los primeros pasos para apreciar un buen vino. A los 31 años, ya retirado de la NBA, emplea su tiempo en “lanzar” su propio vino, elaborado en una bodega de su propiedad en California. Espera lograr un buen puntaje en este nuevo desafío. No está solo, le acompaña la famosa Paul Ricard de Francia la cual se encarga de introducir el producto en China, donde la fama de la ex estrella del basquet le augura un éxito casi asegurado en una actividad, como la vitícola, que recién empieza en su país, pero que todo hace suponer será de un desarrollo avasallante.
La primera tirada ya está en Shangai, y corresponde a un Cabernet Sauvignon, cosecha 2009, del Napa Valley, que buscando los estratos sociales más altos, se posiciona en el rango de los 300 dólares la botella. La etiqueta llevará el nombre suyo: Yao Ming y la producción correrá por cuenta de Yao Family Wine.
Yao es una de las mayores estrellas del país y se le atribuye impulsar el interés de China en la NBA. Durante sus nueve temporadas con los Rockets de Houston, sus juegos eran transmitidos por la televisión nacional en China, y fue seleccionado para llevar la bandera de de su país durante las ceremonias de inauguración de los Juegos Olímpicos de Beijing 2008.¿Alguien tiene dudas sobre lo que está pasando en China respecto al vino?
Cuando la prístina claridad –blanca y azul- del estío sitgetano se tamiza, y el tórrido calor húmedo y ya exangüe, amaina y atempera, vuelvo a mí deambular agradecido e indolente por los paseos, placetas, calles y riberas de la suburense villa.
Acudo -siempre que puedo-, al plácido paseo de la Ribera, festoneado de altas palmeras y a trechos menguado por sus viejas y cetrinas sabinas que, bien alineadas, dan inicio y jalonan la fila de los melindrosos y felpudos tamarindos y a las reverdecidas adelfas.
Menudeo y alterno el manso pasear playero, con otro más áspero e intrincado, -a menudo canalla- por el tortuoso callejeo del abigarrado centro sitgetano.
Como quiera que el iracundo tobogán de la actual crisis, abre, corroe, carcome y devasta los párvulos negocios de emprendedores, iluminados y entusiastas; no hay día en que el quebrantado carrusel de asustados bautizos y anunciadas defunciones de garitos, putiferios, baretos y locales, no me sorprenda con alguna novedad, ya sea de porte minimalista, gay fashion, cabal y obligado vintange, o empecinado y riguroso aporte autóctono.
En una de las más amables calles –la de Sant Pere-, que desde la vertebradora y céntrica Parellada desciende empinada hacia la playa, y que tuvo a César González-Ruano como vecino, -mientras éste, de paso, escribía “Huésped del Mar”-, aparece -desde hace dos años-, medio desapercibido y semi-oculto el pequeño y discreto Guria.
Ni que decir tiene que el cálido ambiente de “poteo” y el añadido del vascongado nombre –antes L´Irati-, atraparon, bien pronto y de lleno, mi atención. Uno que -aunque de orgulloso y mancheguísimo natural-, es de evidente ascendencia euskaldún, además de sólido portador de una más que una preclara y reputada afición al “taperío”, no podía -en modo alguno- ser ajeno al reclamo de “lo Nuestro”.
Que un bareto de aspecto vasco tenga buenas, clásicas, apetecibles, y variadas tapas y “pintxos” no es novedad reseñable; que esté en Sitges, no pertenezca a ninguna anodina franquicia y que el cocinero-propietario sea catalán, ya es harina de otro costal. Pues bien, Javier Bonell e Idoia Azpilicueta regentan este minúsculo local con claras reminiscencias “guiputxis” o vizcaitarras, con la notable desenvoltura y acierto que da el conocer bien el oficio y dedicarle, además de pasión, todo el tiempo del mundo. Premisas ambas que conducen al éxito si no de forma inmediata, sí en un futuro augurado y consecuente.
Magníficas croquetas, estupendos “cojonudos”, lingotes de cochinillo, foie con manzana caramelizada, callos, butifarra “esparracada”, torta zamorana, pimientos verdes fritos con jamón ibérico, gildas, “pintxos” picantes, gulas, aceitunas aliñadas, bacalaos al gusto, guisotes, chorizo, chistorra, morcilla, troncos de merluza con refrito vasco, escalopas, sopa de pescado, setas en sartén, fideuás, raciones de ibéricos, almejas, calamares, bol de ensaladas, piquillos, txuletón con pimientos… ¡¡Éstos son –como diría el Cardenal Cisneros-, sus poderes!!
La pizarra de los vinos, humilde y sin opulencias snobs, nos regala el paladar a párvulo precio, tanto por botella como por copas. Elegidos con evidente porte norteño, los clásicos de Rioja como el crianza viña Paceta de Bodegas Bilbaínas y algún que otro correcto cosechero o de media crianza; el fresco y bien vestido “rosadico” de garnacha de Palacio de Sada; el amable y goloso Rueda Azumbre de Agrícola Castellana; algún fresco Penedés, como el Sumarroca, perfumado y amable; y un extraño cava, de nombre Gora, constituyen la batería báquica del Guria. En fin, como veis, ningún galán o vedette de relumbrón pero sí un garrido elenco, de atinados vinos y precios, para tan nobles como buenos mozos.
El ajuar, aunque algo ajado y manifiestamente mejorable – que le añade ahora un poso de autenticidad al local-, lo componen media docena de solicitadísimas mesas tipo dominó, con el soporte de un banco corrido anejo a la pared, como enfrentado consorte de las apretadísimas sillas. El promontorio de acceso a los escalones de la entrada al local, lo ocupan otras dos mesas; éstas con vistas, una cierta perspectiva y más amplias y diáfanas. Ya en la calle, supongo que para captura de clientes y disfrute de los calurosos y fumadores irredentos, dos semibotas de madera hacen de reclamo bajo la pizarra que oferta, variable y económico, el menú de la casa.
Les anticipo a los tiquismiquis locales y los próceres del pijismo en general que, aunque no sea el Guria un local de moda y aparente, se come muy bien; son en el servicio, atentos y diligentes; es bastante económico, limpio y además auténtico; y conserva de alguna manera la atmósfera de los txokos pueblerinos de la euskalerria del interior.
Para todos los que gozáis con los sabrosos mimbres de tan gentil entramado, os sugiero que os paséis a “potear” o a comer por Guría. ¡¡Javier, Idoia, Clara y Samara os esperan!!
Jesús VELACORACHO.
Noviembre 2012.

He vuelto a visitar, -en uno de estos otoñales días de luz marchita y tibio alcance- el huidizo, manso y recoleto enclave de Bonastre. Supongo que la espléndida estampa pastoral del pueblecito y su entorno, no es ajena al aéreo filtro que tamiza y tornasola su atmósfera con los verdes, ocres y dorados tonos de los bosques, labrantíos y viñedos que octubre atrapa.
A escasa legua y media del severo y romano Arco de Bará, y encintado por el tránsito anejo y paralelo a la antañona Vía Augusta, Bonastre se enfila y encabalga alrededor del desmochado y macizo torreón parroquial, mientras por debajo de la presumible muralla, los álamos -en la umbría de la vaguada verdecida- se avenan con el hontanar claro de la Font de la Gavatxa.

Como quiera que el compromiso adquirido, ya largo tiempo ha, con Partida Creus de un lado, y con Terrers mediterranis y cellers Sicus de otro, me conmina a recordar que lo prometido es deuda, y que –nobleza obliga- bien merecen ambas bodegas la dedicatoria de un post pese a lo exiguo de su producción.
Contempla Partida Creus, desde la alta mesa de su privilegiado otero, una magnifica visión panorámica del Massís de Bonastre, con la incardinación de su enclave afincado en lo que debió de ser una remota y romana “domus rusticae ad cella vinaria” tardo-imperial, flanqueada además, por el territorio de la apolinar “mansio Palfuriana”. Vaya por delante que sus afortunados propietarios, los italianos Mássimo y Antonella, ya intuyeron su muy romana condición cuando bautizaron el entorno y su derivada vitivinícola como el noble colofón del ideario “opificium et cellarium”, es decir ¡artesanos y bodegueros!
Son los vinos de esta singular bodega, originales y personalísimos, y no sólo por su condición ecológica, sostenible y de incipiente aventura biodinámica, si no por su concepto de entender la excelencia, que prima el rigor y el afán de hacerlo todo bien hecho.
Un muy singular, fresco y mediterráneo “Blanc en noirs” de Sumoll, -y por su tono, casi un clarete-, me da la bienvenida recordándome la constante cromática de los vinos griegos de Focea, allá en el Asia Menor; vino que nuestro siempre dilecto Josep Plà reclamaba como genuino atributo para la payesía del Baix Penedès. Le sigue atinadamente otro curioso linaje ancestral –y hasta ayer tambien casi proscrito-, pero que ahora felizmente recuperado, el Garró, -casta al que ellos han bautizado con el más localista y rústico nombre de Garrut-, encierra las esencias de uno de los varietales casi perdidos que la filoxera primero, la tentadora ambición del volumen después, y el papanatismo filo francés más tarde, condenaron si no a la erradicación si al destierro.
Un guiño a la torpe servidumbre –moda obligada- de los ubicuos varietales gabachos, reclama espacio para el Cabernet Sauvignon de su muy complejo y trabajado Gotto; y al más que amable Merlot de maduros taninos, ya bien domados y de perfil mucho más goloso, el Quieto, que concentra el concepto de finca, mineralidad y “terroir” que Mássimo busca y… afortunadamente encuentra!
Un goloso vino -dulce natural- de vendimia tardía y un acertado “amaro” o vermut, que sigue las directrices del “punt e més” de Carpano, conforman prólogo y colofón a la oferta báquica de tan entusiasta como pulcra y agradecida casa. Ni que decir tiene que tanto el jaraíz, la mesa de selección, la sala de fermentación y la cava de envejecimiento son y están dotadas de la asepsia más límpida, bruñida y absoluta que conozco.
Concita y sostiene además, el pequeño Bonastre, otra bodega de despierto talento y atrevido talante: Sicus, Terrers Mediterranis, empresa del inquieto, joven y atrevido Eduard Pié.

Dicen los que saben y filosofan, que la prudencia no es sinónimo de cobardía ni la audacia de insensatez. Y que la experiencia, siempre es un grado… Está visto que todos estos tipos no conocen a nuestro vigente protagonista, porque Eduard es un bisinfín de ideas, una tolva de recepción de las mismas y un depósito de fermentación de argumentos. Y para muestra de lo antedicho, mirad sus vinos. Audaces, alegres y logradísimos, y en absoluto indiferentes como sus Xarel-los rosados; o los frescos Xarel-los blancos de marinada, de porte noble y estructurado, con sus elegantes notas de manzana reineta, hinojo y membrillo maduro; o sus Merlots y ahora recuperados Monastrells
fermentados en el vientre umbrío y fresco de sus viejas ánforas porosas…O la creativa extravagancia de un vino híper-dulce obtenido de la pasificación del Xarel-lo reposando sobre un enrejillado de invernadero con un cálido venteado constante. El vino resultante, el Meliterrani, que alcanza la friolera de ¡¡350!! gr de azúcar residual por litro, es sin duda un hito de la audacia, la pericia y un si es no es, de la temeridad.
Bullen en su cabeza, mil y una nuevas ideas, algunas definitivamente experimentales y otras rebrotadas de la costra que oculta los arcanos de la historia. Casi sin saberlo, elabora el vino dulce que más agradaba a la emperatriz Livia, la esposa de Augusto. Se emparenta -al mismo tiempo y muy a su aire- con los Fiano de Avellino en la Irpinia de la Campania y los –negros- Reciotos y los blancos Torcolattos de Briganze, y hasta con algunos vinos alicantinos, malagueños y jerezanos que acuden a la sabia pasificación sobre esteros y cañizos de las uvas blancas sobre maduradas. Y es que Eduard es así… ¡Puro instinto mediterráneo!
No puedo comentar nada de su nueva y “entremeliada” aventura vinícola porque faltaría a mi palabra de caballero, pero les anticipo que su radical idea ya la hicieron propia Varrón, Columela –siglos -I y I d.C.- y los cosecheros de la Sierra Cantabria riojana hace muchos, muchos años.
Como se adivina, mi visita a Bonastre bien valió la pena y visto lo visto, en grado sumo. Si además añadimos que se puede comer en casa de la bella Antonella, contemplando el bucólico entorno de Partida Creus y participar en el interior del pueblo con las sugerencias y audacias del joven Pié… Pues, anden y no se lo piensen más, acudan a Bonastre y participen de su alma de pueblo noble y del vino en el Baix Penedès. ¡¡Les aseguro que no les defraudará!!
Jesús VELACORACHO.
Octubre 2012
Nota: Bonastre en castellano podría traducirse por Bonachón. Aunque la lingüística lo derive de Oleastrum, a mí me gusta más la acepción primera.

Entre el 25 y 29 de este mes de Octubre en Torino (Italia), tendrá cita El Salone del Gusto y Terra Madre, dos de las actividades más importantes organizadas por Slow Food en todo el mundo.
Más de 125.000 personas, entre ellas gastrónomos, productores, distribuidores… podrán gozar de todos los productos de la Malvasia mediante degustación y venda en un stand que ha facilitado la asociación eco gastronómica.
El día 27, habrá un acto dedicado a la cata de vinos espumosos catalanes ‘Catalonia With a pop‘. Estará dirigido por el cocinero y somelier Toni Bru del restaurante El Celler de l’Àspic de Falset.
La malvasia elegida por el somelier, será el Ancestral dulce, un vino espumoso elaborado a la bodega Vega de Ribes, de la familia ribetana Bartra. Al lado estarán presentes otros espumosos como el But Nature Privado un Alta Alella, el Reserva Barrica Agustí Torelló, el Rosado Brut Carles Andreu y el Brut Subirat Pariente de Finca Valldosera.
Estos vinos estarán acompañados por productos gastronómicos de toda la zona catalana como quesos, aceitunas, anchoas, chocolate, etc.