Una de las fórmulas corteses que usamos, más a menudo, para agradecer tanto la celeridad en la realización de un trabajo, como por la prestación de un buen servicio, o la compensación por un voluntarioso esfuerzo añadido, es la de premiar con una propina.
Como quiera que la sensibilidad a los usos de la propina en los distintos países del mundo sea variopinta y mudable –en USA es obligada y en Japón ofensiva-, procuraré con este post aclarar algunos supuestos incardinados en nuestro área de conocimiento.
Que sea el romano y latino verbo “propino” -literalmente “para beber”- el inmediato antecesor de nuestra regalada propina es de elemental deriva. Que éste lo sea a su vez del griego clásico “pino” –beber, sorber- o de su evolución natural el “propino”, traducido como –“para beber antes”- es también del todo evidente. Si añadimos que, la primitiva y clásica propina griega, consistía en que los participantes en un brindis dejaban sin beber una parte del vino de las copas, para que ese sobrante -a modo de regalo- lo sorbiera el homenajeado, habremos encontrado la explicación del término.
Aunque el castellano y catalán mantuvieron “propina” con el claro significado heredado del latín, el gallego con su modosa “adehala” y el euskera con su bronca “askopuke”, se apartaron con ellas de la mediterránea y agradecida condición de “dar para beber”. Mucho más explícito, el idioma francés bautiza sin ambages la ya manoseada “propina” como “pourboire” -literalmente “para beber”-, mientras que la lengua de los teutones de más allá del Rhin se aferra a la fórmula “trinkgeld”, conformada por la raíz de trinken –beber- y geld –el dinero-, que da asimismo “dinero para beber”. Nuestros atlánticos vecinos, los portugueses, para traducirnos “propina” se apartan claramente de la radical etimología latina
del término con su “gorgeta”, o nuestra “gargantada” -que pasaría por “beber un traguete-”, aunque como bien se ve, el sentido semántico permanece cuando menos parejo. No muy lejos de esta refrescante acepción estaría también nuestro muy andaluz “tenga jefe, pa un buchito”, que sería –supongo- dádiva menor y para párvulo trago de fino o manzanilla por lo poco que cabe en un buche de la boca.
Acude la inmensa y gélida Rusia al civilizado “datch na chais” de lectura imposible en su cirílica grafía, y a una muy educada sentencia para bautizar nuestra mediterránea propina. Imagino – ¡y no sabéis de qué manera!- la beatífica y cándida cara de los dóciles tártaros, de los comedidos chechenos, o delicados cosacos y suaves mujiks cuando les digan: tenga, buen hombre “datch na chais”, o sea, tenga buen hombre “para tomar el té”, que es lo que significa la frasecita de marras.
Comprendo, por otra parte, que no todo el mundo dispone de tan bonancible, económico y fácil acceso al vino, como el que tenemos nosotros. Mirad si no a los pobres rusos, que tienen que lidiar con sus lamentables vinos de Crimea, o a los irlandeses, británicos, nórdicos y centroeuropeos, tan adictos a la cereal, espumeante y menestral cerveza, borde brebaje que en invierno nos recuerda -según Lope- “los orines de un rocín con tercianas”. Y no hablemos de las azucaradas y moriscas misturas de nuestros lejanos vecinos de enfrente y también de más al sur, con los que compartimos el Mediterráneo. No me guardéis la simiente ¡Como para tomarse un vino con la propina!
Recuerdo a mi señora madre, cuando nos trajeron a casa el primer y pesado frigorífico, obsequiar a los sudorosos y esforzados empleados -¡ojo con la escalera!- con una más que regular propina al tiempo que les decía: tengan, “para que se tomen unos vinos”. Sin duda, mí querida madre entendía el significado clásico y total del término. Por el contrario mí muy beata y cariñosa tía abuela Juana Antonia, en ocasión similar añadía a la -seguramente pesetera- dádiva un lapidario final: ¡pero no se lo gaste en vino! Ni que decir tiene que tan aborrecible comentario convertía de inmediato a la párvula propina en caritativa y meliflua limosna.
Acepto, pero no de buen grado, la limosnera entrega pecuniaria. Aunque sea noble en su origen, le presupongo un mal disimulado sentimiento de arrogancia o una caridad preestablecida y tasada por el retratado cupo que a las conciencias calma. Sostengo que esos gestos –cargados de un pueril y malsano “buenismo”- deben ser además de sentidos, opacos, nunca públicos, y por supuesto, sin condiciones.
Aclaradas las notables y evidentes diferencias entre propina y limosna, procedamos a hacer con el dinero de las primeras lo que el propio término indica, ¡beber! Bebamos pues, un vaso de buen vino, como creía merecer –y lo hacía con entusiasmo y buen criterio- Gonzalo de Berceo, desde su riojana tierra, allá por el medieval y proceloso siglo XIII. Si por el contrario, la diosa fortuna –tan casquivana y mudable- nos es esquiva y vemos que por necesidad obligada, la limosna se nos convierte en prenda, bebamos con ella vino también… ¡que da color a la cara y el corazón alegra! Y es que no debe haber nada peor que no saber, ser pobre y a la par… triste. Aunque bien mirado sí lo hay, y supongo que consiste –aprovechándose de la confianza y ventaja que da el dinero- en afrentar con una limosna, a quien pretendes ayudar poniéndoles condiciones…Lo son, claro, todos aquellos que gozan con ese talante falsamente caritativo. Seguro que éstos –como todos los que no disfrutan-, no beben vino.
Jesús VELACORACHO.
Febrero 2013
Con los primeros frescos del otoño y las penúltimas uvas de la soleada vendimia, mis cuitados vecinos Marmetos, se afanaban en la puesta al día, limpieza y apresto de su modesta industria.
Gozaban tan dispuestos artesanos, de un reconocido prestigio comercial en el que por algún extraño y generacional sortilegio se orientaban con algo más que tino, en la elaboración, resultado, y venta de sus productos. Se diría que la larga experiencia familiar acumulada, les generaba una clase de casta intuitiva que los aupaba al rango de señores del arrope y prohombres del mostillo.
Como quiera que la absoluta vecindad –pared por pared en mi caso- nos acercaba, con el añadido además de la natural confianza y enredo entre sus nietos y nosotros -la chiquillería de la calle-, lo que nos convertía -a menudo y durante nuestros juegos- en espectadores presentes y entrometidos de sus vaivenes, avatares, avíos y quehaceres artesanales. Ni que decir tiene que el menestral recetario de tan párvula industria pasaba aburrido y desinteresado para nosotros, y que sólo el ocurrente añadido al mosto recocido, de la perfumada matalahúga, el exótico anís estrellado, la ralladura de cáscara de limón y la serpenteante monda de las pieles de las naranjas, despertaba nuestra atención.
Conocí al patriarca de los Marmetos en los años crepusculares de su vida, cuando en los días soleados, y ya ciego, aposentado junto a su poyete, recitaba una salmodia monocorde de romances, recetas, proverbios, chanzas y coplillas, que torpe de mí, no acerté ni a entender ni a recuperar.
Contaba el hombre, con una muy notable memoria natural y una beatífica expresión de paz, salpicada por algún que otro conato de mal genio, sobre todo cuando con nuestras bullas alterábamos su dormitar plácido y soleado. Algunas veces mantenía cuerdas y sañudas conversaciones con mi tío Panilla que, también de su quinta, se ejercitaba en la displicente y natural postura de emular a los lagartos al sol.
Por aquel tiempo y tardíamente retirado, dejó como continuadores de la saga para tan discreta industria, por un lado a su hijo Antonio, y por otro a su hija Josefina que al final se convirtió en la ufana depositaria del arropiero saber; amén de los afeites, trucos y arcanos de la mostillería solanera.
Aunque recuerdo bastante bien la elaboración del mostillo y el palpitar de sus trémulas carnes, me incliné desde siempre por los dulces arropes de las frutas otoñales y su lento cocimiento. En concreto, hasta que la merma del mosto y la integridad de la fruta arropada aconsejasen, –tambien para nosotros- su más que prudente, retirada del fuego.
Curiosamente, conseguían siempre los hábiles Marmetos, que los trozos de calabaza, membrillo, remolacha o melón, tan largamente hervidos no se disgregaran ni desmenuzasen. Supongo que no sería ajeno a tal prodigio, el previo baño de agua de cal en el que sumergían los frutales tropezones. Y hablando de prodigios, no eran cuestión baladí los mágicos polvos importados de las bodegas del Tomelloso que, diluidos en el contenido de las tinajillas mosteras, impedían la natural fermentación de tan azucarados mostos.
Cincuenta años más tarde, el viejo Marmeto ya no está. Ni puede el pobre, en tal condición, censurar mi innoble postura de “bacín” al contaros sus secretos y entresijos comerciales. Sí le agradaría, en cambio, que os dijese que su reconocido apodo, siempre debió de ser Mamerto, puesto que él nació el día del santo que porta ese nombre, aunque los solaneros –muy dados a la metátesis- siempre se lo alteraron. Supongo que le sorprendería -ahora- el origen hispano-arábigo de la palabra arrope, procedente de “arrúb” y ésta del árabe clásico “rubb”, que era una suerte de postre de fruta dulce recocida en mosto del recetario andalusí o hebreo, que cohabitó largos años en la cocina de nuestra tierra. Igualmente le llamaría la atención saber que su dilecto mostillo tuviera navarro-riojano origen, y que su aplauso e implantación entre nuestros muesos y desdentados, llegara con los pastores sorianos que repoblaron “La fuente de La Solana”
Tambien supongo que le gustaría saber, que uno de los más interesantes vinos dulces de Sicilia, el mamertino de Messina, era el vino que más placía a uno de los héroes de sus sempiternos canturreos arromanzados, os estoy hablando del vino de… ¡Julio César!
Jesús VELACORACHO.
Setiembre 2012.
Saben, los que me conocen bien, mucho de mi pertinaz entusiasmo y perpetua curiosidad por la cultura en general y por la historia en particular. No podría, por tanto, en modo alguno serme ajeno el origen histórico de muestro pueblo o cuando menos el de su pertinente filiación.
Como quiera que el capítulo del pastoreo y aposento protosorianos en tiempos de mansa reconquista, con el ínterin bélico de unos treinta años, que fue entre las tomas de posesión del solanero enclave, primero por don Pedro Fernández de Castro –vanguardia del castellano Alfonso VIII- y después por el repoblador don Álvaro Núñez de Lara, –encomendero de Enrique I de Castilla para el municipio de Alhambra-, están felizmente documentados; y que el asunto del proceloso y omeya, Castillo de Alcorquis, sufre un notable desamparo en su datación y rigurosa filiación; quiero ser más audaz y buscar el “locus” de nuestra primigenia La Solana, seguro a todas luces, de que fue una “vicus” romana, y aunque más indocumentada, tambien -añado que- ibérica.
Para desarrollar tal empresa cuento con la colateral opinión de notables y avisados historiadores, -I. Hervás, Blázquez, García Bellido- amén de los más serios indicios hallados al identificar y estudiar la filiación mucho más clara y evidente de Laminium-Alhambra.
La cercana y estratégica presencia de Laminium,-reconocido municipio Flavio desde el 69 d.C. en tiempos de Vespasiano- en el que confluyeron tres de las vías caudales de los itinerarios de Antonino, -siglo III d.C.; obligaba “per se” al equidistante asentamiento de una “mutatio” o de un “vicus” en el solar defensivo del otero que ahora ocupa nuestra plaza e iglesia actuales. Aún para los poco avisados, es del todo evidente que la elevada disposición del enclave señalado, favorece tanto la vigía en lontananza del territorio que nos circunda, como la fácil guarda y avisado amparo del solar descrito; amén de los dispuestos derramaderos de aguas pluviales, la notable salubridad del entorno y continuo venteado que ofrece el reseñado recinto.
Sabemos que los romanos exigían a sus enclaves militares, las condiciones que de tan natural disposición cumplía nuestro remoto punto fundacional. Conocemos además que el paso de la abundante y magnífica piedra moliz extraída de las canteras laminitano-alhambreñas era considerado artículo de retén y guarda, amén de depósito y material estratégico para el imperio romano, junto con el oro, plata, cobre de Cástulo y el almagre de Sisapone, o el trigo que Plinio El Viejo, sitúa además, junto a las piedras de aguzar en el “ager laminitani”; es decir, más o menos en nuestro actual Campo de Montiel.
Señalemos que la tribu de los oretanos, por levantiscos, montaraces y ariscos, no era considerada amistosa por Roma y por lo tanto, era obligado pernoctar en los traslados con estos materiales, a resguardo. Añadamos que la vieja Tábula de Peutinger –plano de las vías del imperio romano- indica aquí la señal de bifurcación de un ramal de la Vía Augusta o del Camino de Aníbal, que desde la Bética siguiendo el curso del Azuer y pasando por el actual cortijo de los Palacios y el puerto de Vallehermoso, enlazaba con la expedita caminería romana de la meseta. Y el forzado tránsito que desde Olisipo y Emérita Augusta –la ciudad más poblada de Hispania- hasta Tarraco por Saetabis-Játiva o yéndose al gran embarcadero levantino desde el puerto de Cartago Nova en el Conventum Cartaginensis, que se enfilaba por nuestro territorio anticipándose en 2000 años al vertebrador derrotero viario de la N-430.
Convendrán conmigo, los conocedores del próximo y manchego territorio, que la línea trazada -viniendo de Emérita-Mérida entre Carcubium-Caracuel, ¿Aemiliana?-Bolaños, y Marmella-Membrilla, con acceso de descanso en nuestra ¿Sálica?-La Solana, o Laminium-Alhambra, y Libisosa-Lezuza, hacia la levantina Saetabis-Játiva, es de meridiana limpieza viaria y de claro pasillo conector “inter provincias”. Pragmático asunto de difícil desatención u olvido para un pueblo tan práctico y económico como el romano.
Sostengo además, que la “mutatio” o caravansar murado –a modo de corralazo- que ocupó el recinto de la plaza y actual parroquia se resguardaba con la pendiente desnuda de la placeta de Don Diego, la aledaña Puerta del Sol aneja a la Lonja y las derramaderas del desnivel -ahora ocupado por antañón y nutrido caserío- circundante hacia la Piedra del Cuquillo, el Santo, Humilladero y Convento.
Accedería el camino de Laminium-Alhambra al meollo fundacional del “vicus romano”, por el estrecho cogote de la Lonja, despejado en el mediodía por su cálida carasola, con la más que presumible fuente o el medio-salobre abrevadero para ganado, que se deslizaría empinado y cuesta abajo en pos de los pastos de la Moheda. Es de suponer que la bondad y seguridad de este agradecido enclave, motivaría sobremanera a los trashumantes y mesteños pastores sorianos que se reunirían al socaire de “La fuente de La Solana”, de donde convengo que surge su actual nombre.
Como quiera que la filiación de Aemiliana y Sálica, -dos de las catorce ciudades ibero-oretanas- no está del todo bien documentada, y que la incardinación geodésica que Claudio Ptolomeo les aplica en su “Geographia”, es de compleja y ambigua precisión, -amén de que siempre hablara y escribiera de oídas, ya que nunca visitó Hispania- aprovecho el deslavazado ínterin histórico para acercar Sálica al ascua de mi sardina natal, eso sí, bajo el amparo de nuestra vecina y hermana Laminium-Alhambra.
Mantengo en estudio, nuevas fuentes y datos –decumanus y cardus- que añadirían claros indicios a la precoz romanización del enclave que provocó la génesis del pueblo. La sistemática reutilización de su primitiva cantería fundacional y su diseminación, dificultan la filiación y datación del asentamiento; y la superposición de los sucesivos estratos poblacionales oculta cualquier atisbo de aclaración. Con todo, estoy seguro de que alguna jamba, alfeizar, cornisa, enlosado, columna, soporte, pilón o brocal permanecen como testigos mudos del pasado, dentro o fuera de las antiguas casas patricias o menestrales de nuestro pueblo. Por eso, hoy y desde aquí, os pido alguna clase de ayuda que me sirva de información… ¡Agradecería tanto, que con vosotros, las piedras me hablaran…!
Jesús VELACORACHO.
Setiembre 2012

Cuando pintaban las uvas; se acababa de cosechar la mies, y los calores apretaban; jubilosa y tonante llegaba la Feria.
¡¡Cuantas veces habré recordado, desde este forzado y laboral exilio que habito, mis infantiles, adolescentes y casi juveniles ferias!!
Fueron las primeras -de ahora vago y deslavazado recuerdo- de carruseles, barquitas, fieras inquietantes y caballitos de tiovivo; de polos de hielo tintados de jarabe rojo y goteantes bolas de helado; también de los rubicundos boruños de algodón de azúcar; y los crocantes guirlaches de turrón, así como de otras galguerías, que alguna vieja foto familiar confirma.
Guardo de las segundas -y ya adolescente- una mejor memoria y un más grato recuerdo… el banal pavoneo con la ropa de domingo recién estrenada; los lustrados zapatos nuevos; las miradas furtivas y cómplices con alguna chica; la pandilla cafre, siempre risueña y embromada; los coches de choque y las otras atracciones, que más vertiginosas y volanderas, te envolvían con el polvo inclemente del Pajero y el agudo griterío, entre espantado y divertido, de las muchachas en flor.
Confieso que en las últimas –y para mí casi juveniles- ferias que pasé en La Solana, ya se me intuía el latido de la ausencia. A mis diecisiete años la inminente marcha a Madrid para estudiar la carrera, se convirtió en punto de no retorno. Con todo, no me son ajenas las largas noches del Inma Park; las cenas con los amigos en los chiringuitos del parque; y las conversaciones ocurrentes y simpáticas con alguna moza de ojos reverentes y chispeantes.
He vuelto -con contenido entusiasmo- muchos años más tarde, por algún asunto familiar, a mis feriados orígenes y hete aquí, que aunque la canción diga que la vida sigue igual, yo ya no debo de ser yo, porque me encuentro algo extraño y un poco forastero en mi propia tierra.
Mejor suerte tienen las nítidas imágenes que conservo grabadas en la memoria, como ADN de mi condición de solanero irredento. Os explicaré algunas.

Saben los que me conocen bien, de mi ferviente adicción a las berenjenas de Almagro y por ende a las muy aliñadas y solaneras de nuestras Ferias. Añoro – desde donde resido- las auténticas, que no tienen parangón alguno con las que encuentro por allí, de borde latería industrial, embrutecidas con toda suerte de conservantes, y que sólo me sirven de consuelo menor en tan señaladas fechas.
Recuerdo bien la hilera de orzas y tinajillas repletas de berenjenas rabilargas y en su mitad hendidas, ensartado su rojo corazón de pimiento asado por el branquillón nudoso del hinojo verde. Gordas, pequeñas, panzudas, “apretás”, menudas, “de bocao” y hasta prepuciales, añado yo. Toda una suerte de farsa berenjenil, nadando en el graso, acídulo, picantón y empimentonado aliño mojí -con su ajo y “cominico”- de nuestro más racial y atinado aperitivo. No se me olvidan ni la fogueante luz de los carburos; las largas horquillas de alambrado acero con que hurgaban en la orza; ni las tiñosas servilletas de cuadros rojos y blancos, que amparadas en la párvula luz de la noche, añadían más grasa que quitaban; ni tampoco la protocolaria “postura de besamanos” que impedía el cuajado de los lamparones y salpicaduras de rigor.
Aunque bastante más ajena a mis gustos, la oferta turronera en las ferias no era, en absoluto, tema menor o asunto baladí. En la costanilla de acceso al parque, los esforzados feriantes, valencianos y aún extremeños, pertrechaban sus paradas y tenderetes con berroqueñas masas de marfileño turrón Alicante o del aceitoso y blando Jijona; las frutas escarchadas y el muy prensado de pan de higo… o los blanquísimos confites, casi, casi de porcelana; las retostadas almendras garapiñadas; los aromáticos anises; peladillas de colores; paletas de caramelo rojo; y toda suerte de galguerías que despertaban tanto su vigilante y avizorada guarda como el picaresco e infantil deseo.
De más discreto porte y menguada industria, resultaban las paradas con las cestas de barquillos que apaisados, de cucurucho o de abanico mostraban sus sabores de vainilla, café, granadina o fresa. No le iban a la zaga en condición e ingenio los polos helados y gaseosas coloreadas de Briones, ni las montañas de patatillas fritas, crujientes, seductora y generosamente aceitadas, y los capiruchos de camarones, quisquillas, gambas cocidas y saladas, de los puestos aledaños a los veladores y mesas del kiosquillo o caseta albarrana al surtidor del parque.
En fin, un somero recuerdo de otro tiempo que yo aún conservo en indicativo presente. Pretendo con este artículo, que tan larga y denunciada ausencia no se me convierta ahora, –como a Marcel Proust- en la obsesiva busca del tiempo perdido.
Como veis, ni mi memoria, que no vacila; ni mi corazón ahora maltrecho y como dice la canción, en su mitad “partío”; dejarán nunca de ser solaneros!!
Jesús VELACORACHO.
Junio 2012
Nota: La más precoz referencia de las celebradas berenjenas mojíes, aparece en “la Lozana Andaluza”; disipada, sensual y amable novela tardo-renacentista de Francisco Delicado. Como es lógico, no aparecen en ella ni las guindillas, ni los tomates, pimientos o el pimentón, no incorporados por entonces a la coquinaria hispana. Es éste, por otra parte, plato nacido del genio morisco y aún hebreo de nuestra ancestral y común cultura.
Cuenta la mitología griega, que el bello Paris, hijo menor de Príamo -rey de Troya-, fue elegido por la diosa Discordia para proclamar a la más bella de las diosas del Olimpo. Le entregó para tal enredo, una manzana dorada que sería el reclamo urdido para reconocer a la diosa seleccionada. Recayó la elección-y la manzana- en la sensual Afrodita, quedando las aspirantes Hera y Atenea, muy enojadas por el resultado que las excluía del rango de beldades deísticas. Ni que decir tiene, que el celoso y femenino enfado acabó mal; desembocando en una espantosa guerra que se llamó de Troya.
Sabemos por la modernista historia arquitectónica de Barcelona, que en los albores del pasado siglo XX, los edificios del recién estrenado Paseo de Gracia, se convirtieron en escaparates del gusto, la riqueza y ostentación de la burguesía catalana. Todos los patricios capitalinos procuraban disponer de su propio edificio en la arteria más ancha, aireada e higiénica de la ciudad.
Destacó a tal efecto y sobremanera, la manzana de casas incardinada entre Consejo de Ciento y Aragón, en sentido montaña. Como si una nueva treta de la diosa Discordia se tratara, los más famosos arquitectos del momento recibieron el encargo de remodelar los edificios construidos allí en el último tercio del siglo XIX. Doménech y Montaner en la casa Lleó Morera; Sagnier para la casa Mulleras; Puig y Cadafalch para la casa Amatller; y Gaudí para la casa Batlló. 
Tanta genialidad arquitectónica compitiendo acabó por bautizarse como en tiempos del joven Paris, la “manzana de la discordia”, con provocadores comentarios; sañudos dimes y diretes, o con rifirrafes dialécticos para todos los gustos. El reconocimiento al mérito oficial lo obtuvo la casa Lleó Morera de Doménech y Montaner, que se alzó con el premio del ayuntamiento de 1906, aunque fue Gaudí con sus escamados espinazos de dragón; y sus curvas, retorcidas y fantasmagóricas osamentas, el que causó más rechazo y casi al mismo tiempo, curiosidad y sensación.
Ha servido la casa Batlló -106 años después- de digno y noble marco para la presentación de los vinos del nuevo Penedés. Se trataba -como es lógico-, no de reiniciar la disputa de la “manzana de la discordia” entre ellos, y mucho menos de galvanizar la guerra de Troya; sino por el contrario de aprovechar las sinergias publicitarias y económicas de los elaboradores y firmas que componen la DO.
Sostienen, y no les falta razón, que la proximidad del Penedés a una gran urbe como Barcelona y su poblado entorno metropolitano, tendría que ser –en buena lógica- el mercado natural para los vinos tan magníficamente expuestos en los curvos y gaudinianos aposentos del Paseo de Gracia.
Tratan así, los ahora esperanzados elaboradores, de ofrecer y dar a conocer las novedades autóctonas y las mejoras alcanzadas como vacuna contra los enquistados virus de la “riojitis” perenne, o la pertinaz gripe de “rueditis” y “riberitis” galopantes.
De un tiempo a esta parte y año tras año, los vinos del Penedés mejoran de forma evidente y continuada. Aquellos blancos melifluos, ligeros, saltarines, anémicos y adolescentes, del próximo pasado son historia superada. Bajo el pabellón del Xarel-lo, empiezan a desfilar vocablos antes desconocidos: estructura, nervio, vigor, complejidad y madurez. Síntomas, sin duda, de un esperanzador cambio de ciclo.
No son ajenos los tintos del Penedés a los nuevos vientos. Aunque el avance sea bastante menos evidente que en sus hermanos blancos y rosados. Sin duda, el lastre y la dependencia de los varietales foráneos grava pesadamente su actual personalidad, un tanto anodina, bronca y repetitiva. Con todo, las vendimias y vinificaciones actuales han mejorado de forma muy sustancial, casi, casi irreconocible!
Quedan todavía muchas cosas por hacer para mejorar los vinos tranquilos que nos ocupan. Bajar rendimientos por ha; aumentar la densidad de plantación para generar la competitividad entre cepas; apisonado o leve labrado de las viñas para dificultar el exceso de vigor en las plantas; maduraciones controladas y correctas; disminución de la vegetación para disminuir las pirazinas… Evitar largas colas de tractores esperando descargar remolques de uvas recalentadas y fermentando. En fin, que si además se recuperan los varietales autóctonos casi extinguidos, y se trabaja con afán y hombro con hombro en la promoción de la marca Penedés, en lugar del clásico y devastador “campi qui pugui” y el nefasto “haz la guerra por tu cuenta”, se estarán sentando las bases de las uvas de la concordia… porque manzanas de la discordia ya hemos tenido bastantes!
Jesús VELACORACHO.
Abril 2012

Nota: Aunque caté -esta vez- sólo unos pocos vinos, la impresión general me resultó más que notable… Espléndidos los Xare-los de Pardas y Casa Ravella. Espectacular éste último. Magníficos los rosados y blancos jóvenes de Vilarnau. Acertados y golosos los vinos jóvenes de Covides. Finísima la Montonega de Mas Rodó y su tinto de cuidado acento bordelés. Los Albet y Noya en guiño permanente con el acierto. Atinado el tinto 2005 de Can Feixes y seguro que muchas cosas más que me perdí. ¡Gracias a todos!

Denominación de origen: Parque natural de Cabo de Gata, Nijar.
Este blanco caviar, cristalino y salado, en algunos días de verano, da un alegre amanecer a las salineras de cabo de gata. Durante el rocio, los granos de sal que dormían al fondo del mar salen a la superficie juntándose y formando sabrosas flores de sal.
Antes que el viento sople, de una forma manual, las recogen con una pala y van directamente dentro de grandes sacas con rejillas de aireación donde se dejarán secar durante un año.
Vient ,sol y la intemperie serán los encargados de aportarle un secado natural.
Cuando este proceso acaba, se envasa en un material adecuado para conservar todas sus propiedades.
Sin aditivos, artesanal, de producción muy limitada y con sello de calidad Elite Gourmet, la flor de sal, puede acompañar hasta tus postres de chocolate con su fina y crujiente textura dándoles un toque especial.
Las Salinas del Parque Natural de Cabo de Gata cuentan con la calificación medioambiental de Reserva de la Biosfera. Compartiendo hábitat con aves protegidas, fauna y flora. Por este motivo natural de Biosfera y con un uso racional de los humedales nos deleitan con un producto 100% sostenible.
Cuando se evapora el agua del mar, el cloro y el sodio se unen entre si formando el clorudo sódico, conocido como sal marina, apta para la alimentación humana por su pureza y efectos beneficiosos para el organismo.
Disal, marca de sal desde 1923.
Susana Jovani.

Pulltex, esta marca con algo más de 20 años en el mercado y consolidada mundialmente. Suele revolucionar con sus diseños y patentes aportando constantemente nuevas propuestas para el servicio del vino. Mostrando diseño, funcionalidad y calidad en todos sus productos.
Esta vez nos presenta los nuevos tapones de silicona para botellas de vino tranquilo y botellas de espumoso (Cava y Champagne).
Su forma interior patentada y una adherencia propia de la silicona, evita en el caso de los vinos espumosos que se pierda el gas carbónico y así conservarlo durante más tiempo.
En el caso de los vinos tranquilos nos permite alargar el tiempo de conservación como aromas del propio.
Al ser colocado provoca un cierre hermético y no dejará que caiga el líquido en cualquier posición que la pongamos.
Es fácil de poner y quitar, solo hay que tirar o presionar.
Susana Jovani
¿Tradición, superstición, costumbre?
A finales del siglo XIX, los ciudadanos madrileños, molestos con la decisión de su alcalde José Abascal, de cobrar a todos aquellos que quisieran salir a ver a los reyes magos, provocó una venganza del pueblo para hacerle frente por esta poco buena decisión. Se juntaron todos en la Puerta del Sol para tomar las 12 uvas, con el fin de ridiculizar a los nobles que esa noche desde hacía algún año, tomaban uvas con champan. Si fuera ahora, seguro tomarían el tremendo cava que hay en nuestro país!!
Este hecho se extendió en el resto de comunidades, componiendo así una tradición en la Puerta de Sol y llegando a cada rincón del país.
Cuenta otra historia, que en el año 1909, los agricultores españoles, con un excedente de uvas, se encargaron de propagar que las uvas eran unos frutos de la buena suerte y que si no se tomaban la noche de fin de año, la buena suerte no acompañaría a ese que no las tomaba; así que no entraría al nuevo año con buen pie. La finalidad…vender uvas para sacarse los frutos de tanta producción.
Por lo tanto, cada 31 de diciembre a las 12h de la noche, los españoles se juntan para tan importante evento como el de cenar en compañía y celebrar el año nuevo. Tener el televisor enfrente para escuchar y ver las doce campanadas, acompañadas de doce uvas que según la superstición, si no se toman la prosperidad no acompañará en este nuevo año. Tomar las uvas al son que suenan las campanadas y una buena copa de cava con algo de oro dentro para la abundancia del año entrante.
Así que, tomes uvas, aceitunas, cacahuetes ó nada, las tomes al compás de las campanas ó lentamente… solo desea y pide al nuevo año tus deseos, visualízalos realizados y seguro con esa intención nada podrá condicionar tu camino.
Feliz 2012! Chin chin!!
Susana Jovani

India retira la propuesta de inversión extranjera directa. Occidente se queda con las puertas cerradas en un país en crecimiento. Comercio del vino en India.
Después de dos años para deliberar la propuesta IED, el gobierno de India decide suspender la iniciativa que permitía un 51% a la inversión extranjera en establecimientos comerciantes multimarca y un 100% para marca única.
El gobierno indio ha impulsado una serie de iniciativas que desarrollan infraestructuras y servicios básicos como educación, sanidad y empleo en el ámbito rural. Se ha iniciado también una reforma laboral en el ámbito industrial en el cual esperan aportar empleo a 80 millones de trabajadores, buenas previsiones para el Banco Mundial en los próximos 10 años.
Según un estudio realizado por el Consulado de Argentina en Mumbay, en el año 2000 solamente había seis viñedos indios, el número actual ronda en los 65.
El 85% de estos viñedos están en el estado indio de Maharastra, cuya capital es Mumbai. La mayor parte de los viñedos están en el cinturón de Nashik, Pune, Baramati y Sangali, 250 kilómetros al este de Mumbai, donde se producen tradicionalmente las uvas de mesa y donde, actualmente, se pone énfasis en la producción de variedades de viñedos vitis vinífera. Aunque la vitivinicultura es un tanto nueva en la agricultura india, las uvas de mesa no lo son. India en la actualidad tiene aproximadamente 150.000 acres de uvas de mesa y solamente de 7.000 a 12.000 acres de uvas para la elaboración del vino. Del total de producción de uvas para la elaboración de vino en la India, el estado de Maharastra representa alrededor del 90%, Karnataka el 7% y, el 3% restante se divide entre las otras regiones. La mayor parte de la superficie cultivada es de Syrah (Shiraz),Cabernet-Sauvignon, Merlot, Chenin Blanc, Sauvignon Blanc, y Chardonnay.

Como pude comprobar hace unos meses, en India, hay pueblos donde el alcohol está prohibido por temas religiosos. Hay lugares donde, te lo sirven en teteras, botellas tapadas con una servilleta, ó mejor si la pides hoy, así mañana la tienes fresquita en el bar y por supuesto a toda costa que no se vea la botella o la lata. El vino lo encontré, no en tantos lugares como la cerveza, siendo Kingfisher Bier la marca de referencia. La cual también es una compañía aérea, en la que tuvimos la oportunidad de volar cómodamente hasta Mumbay.
Compartimos aquí algunos de los nombres de Bodegas que actualmente están en funcionamiento:
·Chateau Indage. Zona: Narayagaon.
·Viñedos de Sula. Zona: Nashik.
·Viñedos de Gro ver. Zona: Bangalore
·Chateau d’Ori. Zona: Nashik
· Vinsura. Zona: Vinchur.
· Vinos ND. Zone: Nashik.
·Vinos Vintage ( Reveilo). Zone: Nashik.
· Grupo UB ( Zinzi & Four Seasons). Zona Roti: Baramati.
· Seagram – Nine Hills Vinícola, Pernod Ricard Company. Zona: Nashik.
· Private Limited. Zona: Goa.
· Vinos Flamingo. Zona: Nashik.
Visitamos Nashik, pueblo de vinos
Al día siguiente de llegar a Nashik fuimos a visitar el viñedo y bodega de Sula Wines. Al lado de nuestra guesthouse, tomamos un autorickshaw que nos llevara a unos 10 km de Nashik, por 400 rupias, nos llevó, después nos esperó en el parking, mientras hacíamos la visita que nos costó 150 rupias con cata.
Nashik, se encuentra a 200km al norte de Mumbay, en plena Meseta del Deccán . De clima tropical, muy muy seco, árido y sin tanta humedad, me recordaron a las tierras de Monegros, en la provincia de Aragón, solo que ahí, hace buen fresquete en la noche, con su clima continental. Aquí la temperatura, en la noche es más agradable pero no fría y mucho más poblado que Aragón… bastante más. Resulta ser que Sula Wines antes de ser bodega, la intención de los propietarios era hacer una plantación de mangos, pero, al descubrir que sus suelos, cerca del lago Gangapur, eran similares a las del valle de Napa, en California, entonces decidieran plantar viñedos. Su primera botella, se comercializó en el año 2000, con la intención de vender vinos de alta calidad, llegando a producir aproximadamente unas 420.000 cajas, de 9 litros la caja.
Nos juntamos con un grupo de hindús que estaban justo al ladito de una larguísima hilera de Cabernet Sauvignon. El guía también hindú pero de ropa occidental, hablaba con su inglés que más que inglés… le llamamos indingles porque hay momentos que ni afinando a tope el oído pillas nada de lo que te dicen, comentaban sobre el tanino y el color en el vino.
Para aquellos que os preguntéis que son los taninos, os diremos que son sustancias organolépticas que se encuentran en la piel de la uva y aportan astringencia, la aspereza en el paladar. También los hay en las pepitas pero estos taninos no nos interesan. Los taninos, solo los encontraremos catando en boca, no son visibles para los ojos… Y hablando del color, pues es la piel la que aporta el color al vino. En los blancos… solo aportarán aromas. En los rosados y tintos aromas, color y tanino… Catando en boca, el tanino, nos dirá hasta como estaba la maduración de la uva en el momento que la vendimiaron.
Una vez pasamos a la sala de elaboración, encontramos varios depósitos de inox… y en la puerta una presa neumática. Esa que controla la presión de la uva para no agregar al vino taninos amargo de las pepitas… una pequeña sala de barricas y otra sala… en la otra parte de la bodega, vimos desde una gran cristalera la sala de embotellamiento y etiquetado, estos, utilizan tapones de rosca y para las crianzas, utilizan chips de roble americano y francés.
Una vez terminada la visita y la cata, nos quedamos, en esa divina terracita con vistas al viñedo, donde tomamos para acompañar varios vinos y así probar algunos diferentes a los de la cata acompañada de un plato variado de quesos y unas brochetitas de cerezas, piña y queso tierno.
Variedades tintas: Zinfandel, Shiraz, Merlot, Malbec y Cabernet Sauvignon.
Variedades blancas: Chenin Blanc, Viognier y Sauvignon Blanc, Riesling.
Para terminar, los vinos probados en Sula Wines fueron, Sula Brut, Dindori Reserve Viognier, Sula Riesling, Sula Sauvignon Blanc, Sula Chenin Blanc, Sula Blush Zinfandel Rosé, Dindori Reserve Shiraz.
Economía actual de India
Con casi 1,200 millones de consumidores, unos 357 habitantes/ km, 4º mayor economía mundial y 2º mayor mercado mundial, delante del Fondo Monetario Internacional con una subida de 8,2% en 2011 y previsiones de un 7,9% en 2012. Diferenciándose del crecimiento de otros países desarrollados del 4% para estos años. Con previsiones que en 2015 adelanten a Japón, poniéndose en 3º puesto, en cuanto a comercio y a China en cuanto a natalidad, ya que no tienen ley que prohíba tener más de un hijo como pasa en el país vecino, China que sí tienen esa ley para evitar la superpoblación.
Puesto 13 a nivel mundial en importación con productos como petróleo crudo, piedras preciosas, maquinaria, fertilizantes, hierro, acero y productos químicos; China va en cabeza con un 10,7% como proveedor, seguido de Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, EEUU, Suiza, Australia, Irán, Alemania e Indonesia.
Puesto 22 a nivel mundial en exportación con productos derivados del petróleo, piedras preciosas, maquinaria, hierro, acero, productos químicos, vehículos y prendas de vestir; en este caso Emiratos Árabes Unidos encabeza, seguido de EEUU, China y Singapur.
Dos tercios de la población India se dedican a la agricultura y trabajos artesanales.
Objetivos básicos de la política de importación:
1. Facilitar la disponibilidad de bienes necesarios importados, entre los que se incluyen bienes de capital esenciales para modernizar el desarrollo tecnológico del país.
2. Simplificar los procedimientos para la obtención y operación de las licencias de importación.
3. Promover una sustitución eficiente de las importaciones y consolidar su independencia.
El gobierno Indio, protege el sector de la agricultura y la distribución minorista; el motivo por el cual aún hay un alto número de personas dependientes de estos sectores en el país.
India es una de las economías que han experimentado un mayor y más rápido crecimiento económico en el mundo durante los últimos años.
Destacando los sectores que han desarrollado este crecimiento, como referente en tecnologías de la información, deslocalización de procesos de gestión y telecomunicaciones, con el desarrollo industrial de algunos sectores como el automotriz, farmacéutico o textil.
Susana Jovani.
Cumplo, casi a rajatabla, las directrices médicas de mi acertado cardiólogo. No sólo las relativas al arsenal de píldoras, cápsulas, pastillas y otras menudencias con que me regalo y “tapeo” a diario, sino también las repetidas y pertinentes analíticas, ecografías, resonancias, cateterismos y demás lindezas de las que “disfruto” como paciente infartado.
Una de las franquicias más atinadas y amables de tan infausta condición, es la del conveniente paseo de a diario, que tan acertadamente me recetó.
Este pasado miércoles, aprovechando la visita al susodicho galeno, en Barcelona, volví – como estudiante en día de huelga – a recorrer la parte gótica y antañona de tan espléndida como siempre interesante y redescubierta ciudad.

Paseo matinal por la bellísima calle Montcada, Argentería, Plaza de Santa María del Mar y las recoletas y anexas Agullers, Sombrerers, Caputxes y demás rincones ahora dignificados. A mediodía, comida soberbia y mediterránea en la felizmente recuperada Fonda España, envuelto en el aura virtuosamente “noucentista”, del ubérrimo y fecundo Doménech y Muntaner. Por la tarde, Placeta del Pí y aledaños… y el siempre concurrido, simpático y distraído carrer Petritxol.

Una de las tiendas más señeras de este último “carreró” está dedicada al muy saludable e higiénico mundo del jabón. No sólo a esos jabones de publicidad televisiva, para párvulas inteligencias, que obran milagros con celulíticas imposibles, o los que adormecen pestilencias insoportables y alisan granos sebosos, amenazadoramente reventones, y los que convierten en ninfas y efebos evanescentes a encorvados, culibajas, patizambos, panzudas y barrigones… y otros tiernos especímenes de una fauna creyente, con arreglo más que discutible y harto improbable. Tienen, también, jabones serios e históricos, casi intemporales, de los que hunden su raíz en la sirlera hediondez de la vieja Europa y casi, casi de medio mundo.
No es la historia del jabón, menudez desmochada y liviana, puesto que se remonta a unos muy decorosos 5000 años, cuando como siempre, los pueblos mesopotámicos y más tarde los egipcios, descubren la afinidad saponífera entre las grasas vegetales o animales, cenizas vegetales, agua y sosa, provenientes ya sea de depósitos naturales o de plantas que la contienen como el almarjo o la barrilla.
Llegaron a este evento, -nuestros siempre oportunos fenicios, griegos y romanos-, bastante tarde. Sabemos que, cuando éstos
últimos se percataron de los efectos jabonosos propiciados en sus sacrificios rituales, donde se producía la emulsión de grasas animales y cenizas residuales de la combustión de las maderas de haya, en el Monte Sapo, cerca del Tíber, -como nos cuenta Plinio-, ya existía desde hacía más de 1000 años el otrora famoso de Beroea y ahora sirio Halab o jabón de Alepo.
Sostengo que el Alepo bien madurado, es decir, el pardo amarillento, es el jabón mejor resuelto, higiénico y eficaz del planeta.
Mucho tardaron los franchutes en innovar en este campo, que ahora es suyo, puesto que la primera vez que se habla del jabón de Marsella, es en el relativamente “reciente”, año 1370, aunque muy tardío con respecto al veneciano, portugués y castellano.
Sabemos que las almonas andalusíes, fabricaban jabones ya en el siglo IX, y que además se comercializaban con notable éxito por la fétida, bárbara y medieval Europa. Devino, con la reconquista, esta protoarábiga industria en potente negocio hispano de la edad moderna, conocido como Jabón de Castilla.
No le fue a la zaga Portugal, que siguiendo los pasos andalusíes de su Alentejo y los castellanos, crearon el jabón Azul y Blanco portugués, famoso por su eficacia contra la calvicie y el contrastado e hirsuto,”pecholobo”, motivo de masculino orgullo lusitano.
Tuvieron, por otra parte, los venecianos continuado y largo contacto con los árabes, ya desde Paoluccio Anafesto en el 697, siendo conocedores -vía Alepo- de los secretos del jabón y sus derivados, aunque prosperaron más en sus variantes aromáticas, fluidas y líquidas que en sus formas sólidas. Con todo, la “Serenissima Reppublica” aguantó su comercio hasta 1718, fecha que marca el declive de su expansión como potencia marítima.
El poco conocido y escasamente argumentado Jabón de Coche guatemalteco, se escapa a mi documentación, aunque conozco su composición, a base de grasa de cerdo y cenizas altamente potásicas. Está indicado para evitar la calvicie, ronchas y hongos que padecen los indígenas de la selva profunda.
Mucho más moderno, pero singular es el Jabón de Alquitrán o Brea de hulla, que revolucionó el mundo de la cosmética con fines curativos durante el siglo XIX. La psoriasis, eczemas y otras enfermedades de la piel, mejoraron sustancialmente con su uso. Consistía en añadir un 4% de brea de hulla al aceite de oliva y sus emolientes poco antes de la traza.
La presencia doméstica de los jabones artesanales en nuestro país, es relativamente reciente. Yo mismo, siendo un caballerete de unos seis años, ayudaba a mi abuela Magdalena, con el removido de la mágica, hirviente y elaborada poción de aceites, agua y sosa, y al posterior corte en la artesilla, de aquellos verdes mazacotes que se guardaban apilados en el camaranchón de arriba, abierto siempre al relente… También ayudaba a mi tía abuela materna, Juana Antonia, en idéntico cometido, leyéndole además la fórmula que estaba escrita en el frontis de la chimenea, de donde después y con un badil, se recogían las cenizas de las cepas, para hacer el lixiviado en el aclarado de las sábanas… ¡¡Se ve que de pequeño sabía hacer de todo!!
Jesús VELACORACHO. Julio 2011
Nota: He dejado el Jabón Lagarto y el muy aragonés Cabrerizo para otra ocasión. No os preocupéis. Tiempo habrá.