18 de Julio del 2016 a las 5:00 PM 

He vuelto al segundo encuentro -casi montañero- que una treintena de entusiastas criadores del vino blanco más identitario del Penedés, ha concitado en la fresca y siempre bien venteada cima del espectacular -por su panorámica- santuario de Foix.

Convendrán conmigo aquellos que acudieron a la ermitaña cita que pocas veces un vino monovarietal tuvo tantas y tan interesantes interpretaciones: Desde la del sencillo y amable xarel-lo joven, a la del aliñado -con poca o más larga crianza- en madera;  o bien, desde los criados en el umbrío y fresco vientre de las vasijas de barro -ánfora, dolium-, hasta  los que dormitan en los inertes y glaciales depósitos inoxidables, o en los más toscos de epoxi o cemento; y cómo no, los festivos y chispeantes espumosos, así como los mecidos -levitando en suspensión- entre sus lías, con o sin “battonage”.

Si los métodos de elaboración son variados, no lo son menos sus atinados resultados: Desde los vinos estructurados y largos a los frescos y diáfanos, ¡incluso los del año!    -Nadal, Pardas, Castellroig, Mas Comtal, Can Pasqual-, o a los más complejos, con cierta crianza, pero con la madera tan sutil e integrada que resulta imperceptible -Más Candí, Alemany/Corrió, Albet i Noya, Viladellops-, pasando por los singularmente frescos y enigmáticos vinos de dolium o ánfora -Parés Baltà, Loxarel, Clos Lentiscus-.

El capítulo de los espumosos estaba bien representado con la presencia de algunos cavas singulares -Castellroig, Can Descregut-; el Clàssic Penedès -Mas Bertrán, Colet, Loxarel-, y el Ancestral -magnífico- de Albet i Noya y el de Mas dels Clavers.

Especial interés concitó la notable concurrencia de muestras del recuperado Xarel-lo Vermell -Nadal, Augustus, Sicus, Can Descregut-; un apelativo al que debe su nombre actual, en el Penedés, tanto la casta o varietal como el -ahora- mucho más abundante vino blanco, y que antaño se llamó Cartoixal, Pansa, Pansal o Pansalet. Sépase que la voz Xarel-lo viene del italo/calabrés Chiarello -clarete-, un popular y fresco vino rojo de escaso color que acompañaba a los mercenarios de Cirella -Reggio/Calabria- en la conquista de Cerdeña -Corona de Aragón, en 1330- por Alfonso IV, el Benigno.

Si el calabrés Chiarello devino en nuestro Xarel-lo, el Torcolato de Breganze -vino dulce italiano de uva Corvina y Vespaiolo parcialmente pasificadas-, es el antecesor directo de los vinos de pajar elaborados aquí -Heretat Mont-Rubí- con dulces racimos de Xarel-lo, semideshidratados y colgados en alambres, largamente venteados. Aunque con otra orientación, es de obligada reseña el sorprendente Xarel-lo naturalmente dulce de Sicus, un vino extra dulce, soberbio y claramente emparentado con los “passiti” ligures de Sciacchetrà y los ancestrales “Vin Santos” toscanos. Añádase al noble elenco el dulce botrytizado y extrañamente singular de Porcellànic. En fin, una nueva cima que reúne y muestra las virtudes de todos nuestros Xarel-los.

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Última edición: 27 Ene 2017 @ 05:02 PM

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 08 de Julio del 2016 a las 5:03 PM 

Acudo, a menudo, a ferias o muestras sobre la gastronomía y los vinos del Garraf. Sin duda, la marinera y telúrica identidad -tanto báquica como culinaria- de ese territorio me embarga y, de paso, me fija como asiduo visitante y notable conocedor del mismo.

Aunque el común de las castas vitícolas del Garraf sean idénticas a las registradas en el Penedés -si bien sus vinos gozan de muy acusada personalidad-, una de ellas, la escasa e ignota Malvasía de Sitges, ofrece un claro perfil diferenciador. Y lo consigue por el remoto y proceloso devenir de este ajetreado varietal a través del Mediterráneo.

Como quiera que la genética -por sus alelos de cepas athiri y asírtico- sólo descifre su arcaico origen griego, nos queda como “clarificador” amparo la tradicional figura -entre histórica y legendaria- de Jofre, el de “Les  Escales”; aquel almogávar sitgetano que acompañó a Roger de Flor en sus campañas y correrías por el Egeo y Asia Menor, en tiempos de Jaime II, el Justo. Añádase que el tal Jofre recaló en su atribulada vuelta a casa en Monembasía, inexpugnable peñón heleno en la península de Morea, Laconia, desde donde se comerciaba con los perfumados y dulces vinos de las Cícladas. Es de suponer que nuestro payés-mercenario se procurase allí algunos sarmientos de la cepa autóctona que más le sorprendiese o interesase para replantarlos en su tierra.

Que ese vino sea estimado desde antiguo lo atestigua Boccaccio, en el Decamerón     -1351-, y además, los asientos comerciales registrados con la voz “Malvasía” -s.XIII-, que se oficializó como cacofonía de la original:Monembasía” -en griego, el peñón con un solo acceso”-. Es decir, la fortaleza y sede del comercio veneciano en el Egeo.

Tampoco sería ajena a su reconocido aprecio, la renacentista figura del legendario caballero andante “Tirant lo Blanch” -1490-, obra capital del valenciano Joanot Martorell, en la que la aromática Malvasía acompaña -como tonificante bálsamo- las tribulaciones y andanzas de tan señalado personaje.

No debió ser ajeno a ese tránsito mercader el salpicado de lugares donde medra aún nuestra legendaria -y viajera- Malvasía: Quíos, Candía, Istría, Dubrovaçka, Lípari, Greco di Gerace, Bossa de Cerdeña, Banyalbufar, volcánica de Lanzarote…criada siempre en tan costeros como párvulos viñedos con sus dulces y terpénicas cosechas; quedando la de Sitges como la única e icónica representación peninsular de este legendario viñedo.

Como resultado de esto, olvidado ya su terco desvío varietal con el infecto y fúngico oídio, un atrevido plantel de enólogos del Penedés ha apostado por la rústica, dulce y perfumada casta griega; y de aquellas dos escasas has supervivientes -reliquias del legado Llopis- ha retoñado ya una creciente pléyade de nuevos viñedos entre los que destacan los genuinamente varietales y espléndidos de Isidre Pagès, de Can Pagès; los de Clos Lentiscus, de Can Ramón del Montgros; los Bartra, de Vega de Ribes; los arraigados en su antiguo asentamiento, de Carles Esteva -Can Ràfols dels Caus-; y ya en el interior los de Can Feixes, Sicus y Jané Ventura. Un órdago que revitalizará la deriva de uno de los pocos vinos con claro título gentilícico: ¡La Malvasía de Sitges!

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Última edición: 27 Ene 2017 @ 05:04 PM

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 20 de Junio del 2016 a las 5:04 PM 

He aprovechado la acertada disposición que Can Ràfols dels Caus -¡espectacular bodega!- tuvo en la última muestra de los “vinos del Garraf”, para catar alguno de los escasos tintos de viejo sumoll del Penedés. Un atribulado viñedo, ahora marginal, que conoció tiempos mejores.

Mantiene el arisco y rústico sumoll una querella constante entre su ríspido talante vinificable y la singularidad histórica e identitaria que representa. Una terca penitencia creada tanto por la aparente dificultad enológica de la casta como por las transitorias modas varietales. Supongo que el síndrome de rechazo oficial -que tanto le perjudicó en su pasado reciente-, se conforta ahora con el arrojado afán rescatador usado por sus jóvenes y conversos viticultores.

Hunde sus raíces, el ancestral viñedo, en la remota historia de nuestros tintos comarcales -de los que llegó a ser el rey- por lo adusto, resignado y rudo, de su condición; aunque  sus caldos, por lo general ásperos, acídulos y de poco color, no orbiten en la arbitraria onda de los tintos dominantes -¡donde tanto vino bobo medra!- por su nulo compromiso con modas y tendencias.

Como quiera que la voz “sumoll” derive del dialectal “sumollar” -madurar, secar-, y ésta a su vez del latín “summolliare”, es decir, secar, pasificar…y teniendo en cuenta la remota afinidad genética de esa casta con la borgoñona pinot noir o la piamontesa nebbiolo, incluso con otras menos nobles -vinos de Brouilly, Morgón-, todas ellas de clara ascendencia romana, se me antoja que pervivió, además de como ancestral y sufrido vino, por ser desde antiguo el provisor de agridulces pasas negras, en competencia con las más golosas de “pansa blanca” -xarel-lo-.

Varietal semi desterrado -entre desamparado y huraño-, de maduración tan compleja como errática, y con fama de quebranta enólogos, el sumoll resistió. Y lo hizo por el abnegado empeño de algunos viticultores que, a contracorriente, confiaron en él. Añadamos que con severo tesón, unos pocos elaboradores consiguieron afinar su doma, por lo que, ahora, disponemos de un curioso vino, no solo complejo y singular sino tremendamente identitario. Cumplen las premisas de esta austera casta, los tintos, rosados y dulces de la serena y bucólica Heretat Mont Rubí -¡magistrales los vinos de Josep Queralt!-; los ya clásicos, atinados y siempre coherentes del Celler Pardas; los atrevidos, montaraces y luminosamente costeros del Clos Lentiscus -¡qué audaz, Manel Aviñó!-; los muy escasos, fragantes y boscosos de la Roqua -tan mimados por Jot Camps-, amén del sutil y aristocrático de Can Ràfols dels Caus, -de Carles Esteve-, con su elegante perfil y claras notas a pinot noir… y algún que otro más. En fin, una esforzada reválida para enólogos comprometidos con el desafío abierto entre la búsqueda de la identidad y la excelencia.

Jesús Velacoracho.

Mayo 2016

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Última edición: 27 Ene 2017 @ 05:05 PM

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 27 de Abril del 2016 a las 5:06 PM 

Confieso que soy uno de esos convencidos entusiastas del vermut y los aperitivos. Aunque no como postureo y actual moda sobrevenida, sino desde mucho antes. De hecho, la tradición del vermut -al menos la dominical y festiva- la he disfrutado desde siempre; eso sí, con la precavida cautela que su adictivo engolosinamiento merece.

Tiene el vino de vermut notable prosapia y más que remota historia, porque desde antiguo los griegos -y antes los egipcios-, procedieron a realizar largas maceraciones e infusiones de vino blanco con hierba artemisa, manzanilla, enebro, salvia, genciana y especias. No cabe duda que el ingenio resultante debió de ser tan sustancial como agradecido, porque ya Hipócrates -en la Grecia de Pericles-, y cinco siglos después Galeno, en la adusta Roma de Marco Aurelio, recetaban tan amable tónico bebedizo    -vinum absintium- como entonado remedio para hipocondriacos, asténicos y linfáticos. Ni que decir tiene que la afición por esta mixtura debió calar hondo ya que  traspasó la Edad Media y prosperó en el XVII, entre Suiza y el Piamonte, como poción derivada del especiado glühwein -vino cocido- invernal. En efecto, es en 1786 cuando el turinés Antonio Carpano, en el Café Biccerín de Turín, procedió a infusionar su moscato d´Asti -fortificado- con una treintena de diferentes cortezas, raíces, hierbas aromáticas y especias. Lo llamó vermouth como guiño cómplice a la voz alemana wermutkraut o hierba de ajenjo que era la amargante base botánica del cocimiento.

Al creciente éxito de los vermuts y aperitivos de origen piamontés -Cinzano, Martini, Cora- y lombardo -Fernet Branca- se unió el provenzal Noilly Prat y el singular  Barolo Chinato, alcanzándose la eclosión del producto el último tercio del XIX. Su expansión nos llegó en los años crepusculares del mismo siglo y los albores del XX, creándose los grandes centros  en el Maresme, Rioja, Jerez, y -sobremanera- en Reus.

Dispuso la Vilafranca de mediados del pasado siglo de una muy próspera -y ahora infelizmente menguada- sarta de firmas elaboradoras de vermut: Cinzano, Aquila Rossa, Virben, Trías, Gallemí, más otras a granel y de apócrifa comercialización.  Curiosamente, desde una de éstas últimas y de la mano de los inquietos y atrevidos mellizos Àlex y Albert Virgili, de casa Berger, se ha reanudado -con notable acierto- la experta senda vermutera de entonces, creando -explícito y descarado- el vermut Bandarra; único testimonio, actual y recuperado, de una época ya periclitada. Por eso, convendrán conmigo los nostálgicos, que del añorado paseo festivo por la rambla, arriba y abajo, con la gente galana y endomingada, tomando el vermut en el Casino, queda sólo una estampa en color sepia, con música de “tapita de pulpo tooodos los domingos… ¡y fiestas de guardar!”

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Última edición: 27 Ene 2017 @ 05:08 PM

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 19 de Abril del 2016 a las 5:08 PM 

He aprovechado la conmemoración de la efeméride cervantina para rescatar de entre los tupidos pasajes de su obra, algunas curiosas reseñas sobre los muchos vinos, condumios y guisados, que -prolijo- el celebrado autor del Quijote, nos detalla y evoca.

Resultó ser Cervantes -pese a su sempiterna pobreza-, un más que notable perito en la culinaria tardo-renacentista y en los vinos patrios más reputados de su tiempo. Y lo fue no solo por su vasta cultura, si no por su errabunda condición de paje impaciente, animoso soldado, cautivo berberisco y, digamos que equívoco requisador andariego. Un muy baqueteado bagaje,  claro hontanar de sus múltiples reseñas encriptadas.

Acude el autor, en su obra caudal -y a menudo por boca de Sancho-, a ¡cuarenta y cinco! alusiones al báquico elemento, mostrando especial entusiasmo por los vinos de Ciudad Real, los gallegos de Rivadavia y los blancos del madrileño y tabernario “Santo” -o de San Martín de Valdeiglesias-. No fueron, tampoco, ajenos al halago -en el resto de su obra-, los andaluces de Alanís y Cazalla de la Sierra, así como los manchegos y acreditados de La Membrilla y los propios de la toledana  Esquivias. Como también lo fueron el goloso y valenciano de Torrente, o  los castellanos de Alaejos, Madrigal y Coca, amén de los extremeños claretes de pitarra de Guadalcanal, y los montunos y cacereños de Descargamaría. Recurre, además, en un alarde de erudición, a un somero repaso sobre los vinos itálicos, tales como el acídulo Trebbiano de Abruzzo; al advertido antecesor del triple Est!, en Monte-Frascone, o al toscano Chéntola -más conocido como Chianti-, sin olvidar el napolitano Asperino de Caserta. ¡Y qué decir de las entonadas garnachas ligures!, tan tonificantes y cálidas, o de los ambarinos y seductores vinos griegos de Soma y las perfumadas malvasías y moscateles de Candía.

Si Cervantes, como avisado catador de vinos, dispuso de un buen paladar y más que notable nivel, no lo fue menos como gourmet de la coquinaria de su tiempo, ya que añadió a su personal vademécum una inquieta condición viajera y una retentiva prodigiosa. Replicó con ella no solo los aderezos, cocidos y guisados de la sobria casa del hidalgo sino también los potajes, sustentos y pitanzas de la de su campechano escudero. Le ayudarían -y no poco- en su evidente madurez báquica y gastronómica, los años de intrépido militar y su golfa y prolongada estancia en la disoluta Nápoles, que era, a la sazón, la capital más hedonista y licenciosa del Mediterráneo.

Contribuiría, además -y en gran medida-, su voraz afán de lectura y su palpable curiosidad por la temática que nos ocupa. Conoció allí, sin lugar a dudas, los sabios apuntes de la cocina renacentista del maestro Rupert de Nola y los del gran “Platina”; y bien pudiera ser, que alcanzase a hojear -ya en los años postreros de su vida- “El Arte de Cozina” -1607- de Domingo Hernández de Maceras, y el homónimo y monumental  “Arte de Cozina, Pastelería, Vizcochería y Conservería” -1611- de Francisco Martínez Motiño. Sabios compendios de la coquinaria barroca en la, paradójicamente, desnutrida España de los tres Felipes.

Aunque en su obra capital el autor alude hasta en ¡sesenta y cuatro! ocasiones al pan y sus condumios, es la encarecida olla -cocido heredero de la adafina hebrea- el plato ubicuo en el fogón del hidalgo, y del que con sus sobras se aderezaban las cenas de “ropa vieja” en aliño de salpicón. Añádase que las cuaresmales “lentejas viudas” de los viernes se alternaban con los rituales garbanzos del “potaje de pobre”, amén del calórico aporte de las matutinas y labriegas gachas, en mudable transición con las villanas migas “ruleras” y los “apañaos mojes moriscos”. Todos ellos en tolerada connivencia con las “berenjenas mojíes” y los pucheros de “tojunto”. Rondaría, también -al quite-, algún guisote de moruna “alboronía” o de salitroso abadejo -con su inefable aroma a ajos, comino y salmuera-; y qué decir de los sabatinos y pastoriles “duelos y quebrantos”, así como de la dominical y engolosinada cazuela guarnecida con algún desventurado pichón. No faltarían en el de postre de a diario las cumplidas aceitunas con queso; y ya en temporada los trémulos mostillos, la carne de membrillo y el diacitrón; quedando solo para los días señalados el festivo arroz con leche, y por pascua las crujientes viejas, así como las melosas torrijas cholas o la fruta confitada en arrope. Supongo que sería entonces cuando el senequista y enjuto hidalgo, al bendecir la mesa -y jarra en mano- sentenciaría aquello de “Sed parcos en el comer y templados en el beber, que el vino en demasía ni guarda secreto, ni cumple palabra”. Lo que, en justicia, podríamos considerar como prudente consejo y modélica declaración de intenciones.

Jesús Velacoracho.

Abril 2.016

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Última edición: 27 Ene 2017 @ 05:09 PM

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 04 de Abril del 2016 a las 5:09 PM 

Confieso que soy uno de esos tipos raros que a duras penas soportan -y claramente padecen- las bondades del verano. De hecho es un tiempo en el que malvivo, porque no sólo duermo mal sino que hasta pierdo el apetito. Acudo para remediar esto último a las ensaladas, gazpachos, salmorejos, sopas frías y al socorrido -pero nunca bien ponderado- pan con tomate, jamón… y, ya puestos, ¡algún cava bien fresquito!

Convendrán conmigo, los amantes de tan -aparentemente- banal maridaje, que pocas veces la sabiduría de los condumios populares resultó ser tan apetecible, sana y atinada, pese a su desaliñada y rústica apariencia.

Se sostiene en el imaginario popular la supuesta antigüedad del invento, o la creencia de que es ingenio y provechosa ocurrencia del campesinado catalán de toda la vida; cuando en verdad, la obstinada realidad lo acerca más a las postrimerías  del siglo XVIII; en clara competencia con la  “bruschetta” toscana al “pomodoro” y el muy andaluz y saludable mollete antequerano. En realidad, la tríada antes citada sería un refinamiento del antiquísimo pan con ajo, aceite y sal -de claro origen griego y mediterráneo-, que en sus variantes de tostado o sin tostar incorpora el conveniente refregado de los post-colombinos -¡y tardíamente introducidos!-, tomates maduros.

Como quiera que la aceptación y popularidad de nuestro pan con tomate fuera “in crescendo”, sólo era cuestión de tiempo que algún cocinero, periodista o literato, recogiera en letra impresa la simple pero innovadora receta. Ocurrió en el París de la “Belle Époque”, en 1884, cuando aquel racista y petulante señoritingo llamado Pompeu Gener, -“en Peius”- compuso un poemita burlesco en el que pondera el éxito del “pa amb tomàquet” entre sus frívolos colegas de ocio y bohemia.

Mucho más meritoria resulta la cabal selección del pan de payés con su crocante ribete de costra y su tersura mollar, ya sea ésta torrada o no. De caudal importancia es el asunto del aceite, que ha de ser dorado, virginal…y gloriosamente prensado!  -¡y  mejor si es de arbequina!-; otrosí para el avisado uso del ajo y la prudente mesura del salpicado salino. No le va a la zaga el sesudo tema de los “tomacons” dedicados al refriegue del pan, siendo aconsejables los más rubicundos, con su clapeado amarillo circundando el pedúnculo; quedando, eso sí, desterrados y proscritos los aborrecibles tomates de lata, así como los rayados y el infausto e indeseable tomate triturado.

Dejo que sea el gusto personal -o el bolsillo-  el que guie la prudencia o temeridad en la elección del jamón y el cava, aunque este último sea, en el Penedés, asunto de fácil resolución.

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Última edición: 27 Ene 2017 @ 05:10 PM

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 02 de Abril del 2016 a las 5:12 PM 

Se considera al “chef” galo, Auguste Escoffier, como al gran renovador de la cocina  clásica francesa, y al artífice -junto a César Ritz- de la elitista restauración hotelera de las grandes capitales europeas durante el periodo de la “Belle Époque. Añadió a tan reconocido y notable currículo varios recetarios; uno de ellos tan ambicioso como colosal: “Le Guide Culinaire”, un recopilatorio con nada menos que ¡5.012! recetas para profesionales de la alta cocina; y otro, “Ma cuisine”, ya crepuscular pero mucho más sentido y próximo, en el que recupera, aligera y moderniza los más de 2.500 platos que componen el corpus identitario de la fecunda coquinaria gala.

Menos trascendente, pero no por desaliño o demérito, Ignasi Domènech  -aventajado discípulo de Escoffier en el Savoy de Londres- actualizó el atrasado y rústico panorama de nuestra cocina “casolana” y el de la anodina restauración pública del país; al tiempo que editó una exitosa y prolija sucesión de obras sobre usos de “coch” y gastronomía, que serían las bases de la culinaria catalana y española del siglo XX.  Su obra capital, “La Teca”, recupera, moderniza y abarca toda la idiosincrasia latente en nuestra culinaria tradicional.

Más modesto en su proyección personal pero igualmente abnegado en su oficio, Josep Lladonosa supo encontrar el pulso del idearium de la cocina catalana de siempre con el añadido afán, entre renacentista y ecléctico, de ser un notable conocedor de todo lo que se asa, cuece y guisa en los fogones de aquí o de fuera. Un celoso guardián de la auténtica  cocina madre, ajeno a modas y confusiones; es decir, un centinela de la cocina trascendente.

Autor, que lo es, del libro de cocina más vendido en Cataluña -“El gran llibre de la cuina catalana”-, Lladonosa nos propone en él una coquinaria accesible, amable, variada y vigente; con un permanente guiño, eso sí, a sus preclaras y hondas raíces identitarias, enmarcadas éstas en una coherente y constante mediterraneidad.

Mucho más joven pero no por ello menos formado y animoso, el “penedesenc” Raimon Olivella recoge el testigo del entusiasmo que concita la imaginación y curiosidad creativa con el “revival” o renacer aligerado de aquellos platonazos medievales o renacentistas. Raimon, primero desde el oteante faro de su restaurante “L´U” y ahora desde la vigilante atalaya de Montserrat, oficia una sólida, honrada y selecta cocina, concebida tanto para conocedores como para clientes poco iniciados.

Por eso y por mucho más, agradezco su empeño en ayudarme con sus recetas ancestrales en “La Fira de la Cuina del Vi de Vilafranca.” ¡Muchas gracias!

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Última edición: 27 Ene 2017 @ 05:13 PM

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 02 de Abril del 2016 a las 5:11 PM 

Han tenido las abnegadas gentes del Vinseum -y de la Conselleria de Cultura de Vilafranca-, la santa paciencia de tener que solventar, padecer y soportar, sendas conferencias mías en el apretado y más que tórrido transcurso de las últimas semanas de Julio. En fin, que les tocó lidiar -además de conmigo y el bochorno- con un espeso recordatorio o revival sobre la globalización enogastronómica del Casal d´Aragó en el Mediterráneo renacentista.

Como quiera que la aridez y el prosaísmo del asunto tratado bien pudieran resultar de tedioso bostezo, procuré amenizarlo incluyendo la cata de dos vinos varietales que tuvieron un remoto pero evidente origen catalán, y que, aunque desaparecidos aquí, se cultivan desde hace cinco siglos en el monte Somma -junto al Vesubio-, por tierras del Avellino, en la Campania napolitana. Estoy hablando de las cepas “Catalanesca” y “Olivella. Aproveché, de paso, para reseñar el descubrimiento de dos castas aún desconocidas  -pero con su nombre replicado entre nosotros-, el Chiarello de Cirella, némesis calabresa de nuestro medieval “Xarel-lo bermell”, y el Montonico de Abruzzo, presunta melliza de la Montonega, nuestro fresco fenotipo de Parellada.

Tuvo en todo esto, aquel “tempo renacentista”, crucial importancia tanto para el  fomento y tránsito del arte, de la cultura y de las ideas, como para el de los negocios y mercaderías… ¡con los rosolíes, mistelas, pasas, vinos y sus varietales!; creándose así entre las dos orillas del Mare Nostrum occidental, un punto de encuentro e intercambio bajo la rutilante figura de Alfonso V El Magnánimo; eso sí, sustentado por la hegemonía militar del reino de Aragón, en Nápoles.

Más precoz aunque de similar condición saltimbanqui resultó ser nuestra terpénica y bajomedieval Malvasía de Sitges, tan griega como almogávar y aventurera; más o menos como sus primos trotamundos: el ancestral moscatel romano o el más  sutil y morisco Frontignan… y qué decir de la apócrifa historia sobre la germánica Riesling, que atravesó media Europa en la mano del mercenario lansquenete Peter Siemens para trocarse en bético, soleado y goloso Pedro Ximénez, acabando su peregrinaje anclada en las escarpadas laderas del Priorat.

Bastante más enrevesado resulta aclarar el arremolinado devenir de las Garnachas que medran y salpican todas las tierras ribereñas al Mediterráneo. Sin duda, las idas y venidas de los pueblos que durante siglos conformaron nuestra historia se acompañaron de  castas como ésta: sufrida, sana y agradecida. Por eso, ahora, aparecen replicadas aquí y allá, por todas partes… ¡Y es que este mundo es un pañuelo!

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Última edición: 27 Ene 2017 @ 05:12 PM

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 01 de Abril del 2016 a las 5:15 PM 

He tenido la doble fortuna de poder visitar, durante este sofocante y tórrido verano, dos singulares yacimientos íberos del siglo III a.C. Conforman ambos asentamientos un total de ¡hasta siete! antiquísimos -pero bastante bien conservados- hornos cerámicos de tiro alto y remota ascendencia fenicia: cinco en la barriada de Can Pons, y dos junto a la Font del Pèlag, en la orilla derecha –aguas abajo- del Foix. Tales enclaves han sido descubiertos en el retorcido entramado montañés de la espléndida finca de la familia Cusiné,  también conocida como Hisenda Parés Baltá.

Como quiera que la intrincada aspereza de acceso a estos, unida a la vasta dispersión y extensión del territorio abarcado, obligase a recorrer en vehículo todo-terreno el “fundus vineae” o “dominio vitícola” de la propiedad, tuve la suerte de poder disfrutar de un continuado y sorprendente salpicado de imágenes y perspectivas boscoso-campestres.

Disponen los Cusiné de una montaraz y soberbia finca acaballada entre dos valles contiguos: el adyacente a la riera de Pontons, y el de la cuenca de nacimiento -con el discurrir primigenio- del río Foix. Suman entrambos, bastantes más de quinientas Has. de las que unas trescientas son de bosque. Cobijan además, como faro guía -y justo en medio-, el medieval y casi aéreo santuario de la Virgen de Foix, patrona del Penedés.

Sostienen y cultivan los Cusiné, en las más de doscientas treinta Has. de rigurosa viña biodinámica que configuran la Hisenda, hasta dieciséis varietales o castas de uvas diferentes. Desde las autóctonas y tradicionales hasta las muy novedosas y foráneas -aunque ya en franco proceso de aclimatación-. Cuentan para desarrollar esto último con una muy variada disposición de mosaico parcelario, tanto por sus múltiples microclimas, por la oscilación térmica debida a la altura -desde los 170 m hasta 750 m-, incluso por la composición edafológica de los terrenos; así como por la orientación de las vertientes, con sus venteados y humedales, y la consiguiente planificación solar.

Crecen por aquellos lares, dispersos pero siempre armónicos y regalados, los límpidos xarel-los de “bressol” y marinada; las sutiles parelladas de “alçada”; los virginales y herbáceos macabeus de “fondalada”; la siempre bizarra y agradecida garnacha blanca; los nobles y galantes chardonnays; los perfumados y rubicundos gewürztraminer, con su claro vahído alsaciano; el morisco, terpénico y… ¡seductor! muscat de Frontignan, y los muy frescos y ligeros sauvignon blanc, tan aromáticos… No quedan, en absoluto, rezagados los varietales tintos que con tanto mimo ecológico cuidan y vigilan en esa casa: los precoces, ubicuos y señoriales tempranillos;  las recias y fructosas garnachas tintas; la “muito obrigada” y nostálgica del Duero, touriga nacional portuguesa; los caliginosos y altivos cabernets sauvignon, y su ponderado antecesor, el persistente cabernet franc; los siempre abnegados y amables merlots, tan generosos y solícitos; con el añadido de los muy aristocráticos y elegantes pinot noir, tan ariscos y –a menudo- quisquillosos; o el comprometido reto aceptado para domar la compleja petit verdot, tan bordelesa y esquiva; y cómo no, la siempre serena y mediterránea shyraz, con su turbador aliento a violeta y espliego.

Disponen, además, en Parés Baltà de unas magníficas instalaciones para procesar toda la uva que produce la heredad  y, así, poder vinificar después,  por separado, lo que cada parcela ha sido capaz de llevar a buen puerto. Estoy hablando del severo control y de las rigurosas micro-vinificaciones que tanto reconocimiento aportan al vademécum de la firma. Ni que decir tiene que el oficio, desparpajo, entusiasmo y entrega tanto de Marta Casas como de Mª Elena Jiménez, en su condición de enólogas – ¡y nueras!- de la casa, tiene mucho que ver con lo satisfactorio de los resultados.

Un somero repaso a los vinos elaborados por ellas nos da una idea de lo atinado de sus creaciones. Comenzaré por el musculoso y reconocido Absis, el buque insignia de la firma –obviando el escasísimo y caro Dominio Cusiné-; un vino de tempranillo, serio y complejo pero  lleno de mágica opulencia. No menos complejo y singular resulta el Marta de Baltá, un shyraz diferente,  de corte muy francés y distinguido porte. Sorprendente, por el rotundo poderío de su juventud, resulta ser el Hisenda Miret, una garnacha vigorosa y atrevida… como la de su hermano menor, el fructuoso Indígena tinto; o la doble conjunción varietal que disfruta el siempre amable Mas Irene, tan correcto y equilibrado; e incluso más aún, la cuádruple alianza del Mas Elena, tan especiado y redondo.

Si los vinos tintos de Parés Baltà gozan de un alto estatus y noble  pedigrí, los blancos, los rosados, y  sus espumosos hermanos, los  cavas, ni se arredran ni les van a la zaga. Y para muestra, ahí van unos cuantos: Comenzaré con los xarel-los por su condición de autóctonos. Qué decir del perfil complejo y graso del Electio, tan sereno y ortodoxo… ¿y del audaz Còsmic, tan novedoso y celebrado? Y qué opinar del Calcari, con sus frescas notas a hinojo y membrillo; o del Indígena y su altivo acento de garnacha blanca; o del perfumado Ginesta, tan floral, almizclado y exótico; ¡incluso el engolosinado dulzor de la parellada para el Honeymoon, tiene una formidable legión de adictos!

Cambiando de tercio, tengo para el atrevido y ubérrimo rosado Radix, un recuerdo y aprecio muy especiales, porque es, a mi entender, el mejor rosado de shyraz de España -¡y como tal lo presenté en una cata maridada en el Vijazz de hace unos años!-; aunque tengo que decir que sus hermanos menores, el Indígena rosé de garnacha, y la tríada que conforma el Ros de Pacs, siguen con notable dignidad su estela.

Tienen los cavas de Parés Baltà un talante –y un talento- que yo atribuyo a la condición biodinámica que conforta sus vinos base. Valga de ejemplo el atinado Selectio; el gastronómico Cuvée de Carol, o el audaz y sorprendente Rosa Cusiné, donde la frescura de la garnacha se alía con el color del “bandol”, hilvanando acentos y destellos de las lavandas de Provenza. Con todo, y aunque todos sean espléndidos, reconozco que me seduce la calmada serenidad y la cremosa prestancia del Blanca Cusiné, un cava tótem.

Quiero que sirva de colofón al post, el atrevido experimento que Marta y Elena, las esposas de Josep y Joan, están realizando con lo que podíamos llamar: “vinum antecessoris”; un vino profundo y telúrico, intencionadamente bautizado como Amphora, y concebido con buenas dosis de audacia y el concurso de un virginal xarel-lo; sin sulfitos ni levaduras añadidas, y criado en modernísimos e higiénicos “dolium” cerámicos. Un digno y cabal  heredero de aquellos vinos griegos primigenios que procedentes del Egeo, de Focea o de las Cícladas, llegaron al Pedión to Maratón hace muchos siglos. Vinos que transitaron por la Vía Heraklea –nuestra posterior Vía Augusta- gestados en el vientre oscuro y fresco de una vasija de barro. Vasijas que, salvando las diferencias que la tecnología actual añade, bien pudieran haber sido cocidas hace 2300 años en los ¡hornos íberos de Parés Baltà!

Jesús Velacoracho.

Agosto 2015.

Nota: Disponen los Cusiné -de Parés Baltà- de dos bodegas más, una en el Priorato –Gratavinum- en Gratallops, y otra en el corazón de la Ribera del Duero –Dominio Romano-, en Rábano –Peñafiel-. Tienen la suerte de tenerlas gobernadas por la sabia mano de Jordi Fernández Davi, sin duda, el enólogo joven que mejor sabe aunar en todos sus vinos el fuerte carácter identitario –tan mineral y complejo- de esas privilegiadas zonas, con la equilibrada presencia de la fruta en sazón. ¡Un lujo al que sólo los elegidos tienen acceso!

Agradezco, además, a Joan Cusiné Cusiné, patriarca de la Hisenda Parés Baltà, el entusiasmado afán que puso en mostrarme los recovecos de la finca y el recóndito emplazamiento de los hornos íberos. Igualmente agradezco al amigo Rafa Arnán, del restaurant Racó de la Calma; al entendido enólogo Jordi Fernández; a la muy dispuesta, infatigable y siempre animosa  Angels Bueno, de la junta de los Tastavins; y a Lluís Tolosa, preclaro escritor sobre las múltiples culturas del mundo báquico, y desaprovechado arqueólogo amateur”-¡desenterró durante el recorrido dos semi-ánforas íberas!-; y al buen  Martí, cabal e irredento fotógrafo de aquel territorio y de la ocasión; a ellos, repito, agradezco la grata compañía y el esforzado empeño que tuvieron por participar y dar a conocer los ocultos secretos del antiguo e íbero Pedión to Maratón  -¡la llanura del hinojo!-, nuestro actual Penedés…     A todos ¡Muchas, muchísimas gracias!

Publicado por: EL RINCON DE JESUS
Última edición: 27 Ene 2017 @ 05:16 PM

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Categorías: Amigos y vino, Bodegas

 29 de Marzo del 2016 a las 5:17 PM 

He catado, en la presentación de “Els Nous Penedès 2.015” de Barcelona, algunos de los vinos que, por su singular condición, destacaban entre las más de trescientas referencias que propusieron los “cellers” participantes y la DO.

Comencé, como es lógico, por los blancos… ¡Y, señores, qué nivel! ¡Qué gran nivel! Que conste que, por un momento, me pregunté ¿Qué se hizo de aquellos ramplones vinillos blancos de base cava, tan banales, anodinos y adolescentes? Aquellos vinos  linfáticos y zangolotinos, sin genio ni recorrido, que se convirtieron en desaliñado estandarte en una época de no muy lejano recuerdo. ¡Pues eso, que visto lo visto, ni están, ni se les espera!

Pero los que sí están, y por fortuna hay bastantes, son los de la nueva generación. Comenzando por los jóvenes, diáfanos y vigorosos Xarel-los de “bressol”, o de marinada, con el noble añadido de sus circunspectos hermanos mayores fermentados y criados en bota, hasta los muy profundos y telúricos Macabeus de viñas viejas, pasando por los ubicuos y complejos Chardonnays, ya mucho más serenos y aclimatados; y qué decir de las recuperadas Montonegas de “alçada”, tan brillantes, frescas y rubicundas; o de sus primas, las frías Parelladas, criadas en el vientre oscuro y fresco de una vasija de barro; y de los audaces Viognier tan celosa y golosamente encriptados; o los aromáticos y virginales Riesling y Sauvignon coqueteando con las nubes, allá, en las alturas; y por favor, qué no nos falte el siempre armónico Incroccio Manzoni, tan intenso y seductor; sin olvidarnos de las costeras y fragantes Malvasías, y de los terpénicos Muscats “ribetans”, tan grasos, golosos y sugerentes…

No tienen complejos nuestros vinos rosados. Muy al contrario… ¡van sin miedo y a pecho descubierto! ¿Y saben por qué? Pues porque se saben herederos directos de una magia particular nacida del testamento báquico que, Joan Milá, trabó con la amable uva Merlot y el ríspido Cabernet; o ¿quién sabe? Quizás se reconozcan en el remoto legado identitario, indómito y arisco, de la racial Sumoll, tan olvidada y, a menudo, proscrita.

¿Y los tintos…? ¡Los tintos muy bien, gracias! Aquella vieja asignatura pendiente fruto de la holganza, las tierras muelles, el volumen díscolo y las levaduras seleccionadas, se aprobó en septiembre; pero se hizo con nota alta y ya comienza a dar sus frutos. Cada año que pasa nuestros tintos son más y mejores.

¿Y de los espumosos qué? Pues mirad, de los espumosos hubo tanto y tan bueno que beber y contar, que no me queda más remedio que contároslo otro día.

Jesús VELACORACHO.

Publicado por: EL RINCON DE JESUS
Última edición: 27 Ene 2017 @ 05:17 PM

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